Como motas de polvo...
... a si nos siguen por entre el entramado malvado de días, semanas, fechas señaladas y años. Incansable cazador Tiempo, seguro juez, sensato jurado y macabro verdugo. Dividiendo nuestra vida en minúsculas e insignificantes motas de polvo; que gravitan silenciosas a nuestro lado, en algunas de esas largas tardes de verano.
Por separado no son más que horas, semanas, momentos imperceptibles que cambiaron nuestra vida o aquellos de los que ni nos acordamos. Las puedes ver suspendidas a nuestro lado, delatadas por la luz cálida y tenue del final de la tarde. Pararlas con un dedo, mirarlas, recordarlos y para cuando hayamos vuelto ya estarán de nuevo flotando. ¡Apartarlas! De en medio simplemente moviendo una mano, haciendo que se mezclen y se enturbien recuerdos olvidados. Pero, tristemente somos vulnerables testigos de como vuelven, poco a poco, a navegar a nuestro lado, los recuerdos más gastados, los olvidados.
Somos la simbiosis de las motas de polvo del camino del que venimos y seremos de las del camino al que vamos. Aunque sólo espero que siempre sea como dijo aquel poeta cojo y cabreado... polvo enamorado.
domingo 12 de julio de 2009
sábado 21 de marzo de 2009
El cómplice
" Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
Soy el poeta. "
J. L. Borges
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
Soy el poeta. "
J. L. Borges
miércoles 7 de enero de 2009
...para cuando se marche el Sol
Cuando la ilusión se viste en tonos sepia.
Cuando el desvarío da paso a la razón.
Cuando el roce de tus labios se convierte en anhelo,
es hora de soltar amarras y buscar un puerto más acogedor.
Lastima que no quieras venir princesa.
Lástima que fue en este tiempo
cuando nuestros caminos se unieron.
Lástima que no quieras abandonar el destierro
al que tienes sumido tu corazón.
Lástima que sea este el momento
en que vuelvo a sentir amor.
Lastima por mi...
... y mi corazón.
Que no te suene a “adiós”,
zarpo sin rumbo fijo hacia donde muere la razón.
Donde no hay más reyes ni normas
que las dictadas por el corazón.
Para el viaje me llevo tu recuerdo,
como un poema a la ilusión.
El roce de tu cuerpo,
como emblema de pasión.
Y el calor de tus besos
para cuando se marche el Sol.
Cuando el desvarío da paso a la razón.
Cuando el roce de tus labios se convierte en anhelo,
es hora de soltar amarras y buscar un puerto más acogedor.
Lastima que no quieras venir princesa.
Lástima que fue en este tiempo
cuando nuestros caminos se unieron.
Lástima que no quieras abandonar el destierro
al que tienes sumido tu corazón.
Lástima que sea este el momento
en que vuelvo a sentir amor.
Lastima por mi...
... y mi corazón.
Que no te suene a “adiós”,
zarpo sin rumbo fijo hacia donde muere la razón.
Donde no hay más reyes ni normas
que las dictadas por el corazón.
Para el viaje me llevo tu recuerdo,
como un poema a la ilusión.
El roce de tu cuerpo,
como emblema de pasión.
Y el calor de tus besos
para cuando se marche el Sol.
jueves 25 de diciembre de 2008
Envidia

perso.wanadoo.es/ignaciolloret/envidia.JPG
Cuando por fin respiré y disfrute del regalo que me brindaba aquella dama altanera; duna de arena fina, que se oponía al viento altiva, al mismo que amaba y odiaba, ante el que se consumía. Me senté y envidié aquella vista.
Esa palabra saltó a mi mente, como cuando salta la rana al estanque sin motivo aparente, “...envidia, envidia, envidia...”
Envidia, ¿que es la envidia? ... y tal y como adoctrinó Sócrates me pareció oportuno empezar por la definición... “sentir tristeza por el bien ajeno”... y lo descubierto me dejó helado.
Así que siento tristeza por el bien ajeno de los pintores, músicos, escritores, de las personas que decoran un mundo gris envuelto en sombras. De las personas que vuelven inolvidables recuerdos tenues que sobreviven gracias a la luz débil de una vela.
Siempre he dicho que sentía envidia de esas personas que viven hoy y miran de reojo a mañana. De aventureros, bohemios y vagabundos. Siempre creí que era eso lo que sentía de los que salen, escapan, nacen fuera o los que hacen que los que se aclimatan a vivir dentro del redil sean un poco más felices, incluso de estos últimos, envidia.
Envidia.
Pero como el cuadrado que no encaja en el hueco dejado por el círculo, sin mirar a Vitruvio, aquella síntesis de aquel sentimiento no entraba y busqué una pieza más acorde.
Allí estaba, bajo la cama, esperando ser encontrada. Encarnada en una palabra que ceñía aquel sentimiento en un abrazo sereno, pausado y profundo; como cuando te encuentro después de un tiempo y te meto entre mis brazos, soñando, sintiendo, amando.
Por suerte o desgracia, donde dije envidia pude haber dicho endivia. Así que derroqué semejante sentimiento inhumano de un plumazo: “... no eres tu quien mejor me sirve, no eres tu el heraldo de mi limitación. Porque entristecerse con el bien ajeno es cobarde, miserable e infecundo, y no forman parte de mi lista de adjetivos, ¡voto a Dios que no!
Así fue como tras afianzar el recuerdo de aquel panorama, que con tanto celo guardaba aquella dama. Encaminé mis pasos hacia el plano donde estaba, y digo “estaba” porque nuca volveré a él, nunca volveré a sentir envidia de los pintores, músicos, escritores. De las personas que decoran un mundo gris envuelto en sombras. De las personas que vuelven inolvidables recuerdos tenues que sobreviven gracias a la débil luz de una vela. De esas personas que viven hoy y miran de reojo al mañana. De aventureros, bohemios y vagabundos. De los que salen, escapan, nacen fuera o los que hacen que los que se aclimatan a vivir dentro del redil sean un poco más felices, ni incluso de estos últimos.
Un paso llevo al otro y mi cuerpo empezó el descenso. El viento ahora me despedía, acariciándome el pelo, el sol me imbuía y aquel viejo mar me sacaba de su ensueño. En la cima de aquella Duna abandoné mi envidia, sintiéndome más libre, sano y con alegría. Mi alma estaba un poco más blanca y mis pies se hundían menos en la arena.
Giré mi vista hacia la duna que ahora parecía dormida, me agaché y acaricié los granitos de arena fina como cuando acaricio tus labios antes del beso de despedida- Gracias Duna mía, ahora se que por ti pasaba mi camino, y en el queda mi envidia. A ti te guardo en mi corazón, dama mía, junto a mi ilusión y mi admiración, ahora para siempre, amada mía.
lunes 1 de diciembre de 2008
A tu lado...
Veo tu figura perderse en lo recóndito de la multitud... y no me muevo. El río de almas fecundas que pululan sin parar, a izquierda, derecha, de frente o espaldas al mar, te sumerge en un abismo de siniestra oscuridad.
Calla, no hables. No rompas esta tranquilidad. Aunque sabes que me muero por amar... y si amo muero... y sino, no puedo estar.
Aroma por rosas soñado. Susurro de pelo blanco. Deseo de color sepia. Arrugado. Aburrido. Casi olvidado. Pensar que hoy no es el día ni lo será, ni mañana cuando cante el gallo, ni pasado, ni el que vendrá. Ninguno de ellos oirán, los ecos del amor enamorado que se muere por amar.
Tu mientras esperando la canción del verano; cálida, suave, tierna, enérgica, soberana, gobernante. Sentada en una roca, observando sin mirar lo que sucede alrededor en un momento en el que el tiempo no es nada y las miradas sólo eso son. En tu isla desierta con sentimiento de tierra de genios, rodeada por un iracundo mar, sollozas risas de tristezas y pataleas el agua del mar tratando de cambiar la isla de lugar.

A un tiempo en el horizonte, ataviado de un cascaron que una vez fue barco, circundando las costas de tu paraíso amurallado. Como un pirata orgulloso y arrepentido; paciente, diestro, vencedor y vencido, tullido, peligroso y desarmado, doy vueltas embelesado con el momento en que se encienda la pila de madera y como faro improvisado. Me guíe a puerto, a tu lado.
¿Después? Quizás quemar el barco o zarpar hacia otros lares. Dormir en la calle o pagar por algo que no lo vale. Compartir noches de velas o desayunos con diamantes, llantos de sirenas o la pena de la Magdalena. Nada importa si cuanto necesitas está a tu lado, junto a ti... abrazado.
jueves 2 de octubre de 2008
Mentiras en la sombra... caricias en la nada
Siniestros son tus ojos negros, escurridizos, opacos, indiferentes, preciosos. Universos cayeron ante ellos o fueron absorbidos por la profundidad de los luceros de tu cara. Negros e impíos; malditos y adorables, como mi alma, mi ser, mis deseos.
Negro sobre blanco se van plasmando los sentimientos, ahora reprimidos, que me provocan las fugaces ráfagas de luz que se cruzan con mi mirada cuando hago que no te miro, que no te veo, que no te siento.
Un reino por un caballo, dijeron. Una vida por una mirada tuya, digo.
¿Es la realidad quien me abraza o es mi deseo quien me engaña?… mentiras en la sombra…. caricias en la nada.
martes 23 de septiembre de 2008
Mulay Hasen vs Cruz de Verano
El día se despertó halagüeño. El aún tímido sol, se frotaba los ojos cuando nosotros, entusiastas buscadores de lo desconocido, emprendimos el camino hacia las tierras del último gran rey moro… Mulay Hasan, desterrado a aquellos parajes por la soberbia demostrada al creer que se podía dejar la protección de la joya de Allah que es Granada, a favor de la soberbia, la estupidez y la ignorancia.
Una vez pertrechados, posicionados y preparados emprendimos el camino en una atmosfera cordial, jovial, entusiasta y animada. Tras preguntar a un par de lugareños y girar otras tantas veces en esquinas equivocadas, como micro presagio de lo que acontecería más tarde, cogimos el hilo al camino de subida; como heroicos, que a veces es símil de ignorantes, hijos de nuestras madres.
Ya al inicio, sin tiempo de responder, el Rey Moro atacó directo y contundentemente a nuestro estandarte, el coraje. Una tremenda subida, como si fuera el sendero directo a las mismas barbas de Yahvé, sembrada de roca viva inauguraba el camino. A pesar de la claridad del día y la perfecta temperatura que nos acariciaba, aquella cuesta -y la palabra “cuesta” nunca estuvo mejor empleada- nos transportó a unos momentos de nerviosismo, agotamiento, calor, desesperación, incomprensión y temor al pensar en aquello como única vía de subida, que casi te obligaba a prestar sólo atención al brillo depredador de las puntas de las rocas que cobijaba aquel suelo estéril, para que te quedara bien claro cuales te clavarías en cada paso.
Pero aquella brutal acometida a nuestra moral, no consiguió más que espolear nuestra cólera y mentalizarnos -lo que más tarde descubriríamos que en exceso- de que aquel camino sería todo sufrimiento. E incomprensiblemente seguimos adelante.
Abría el paso Ludo Vicús Albertus, más que por votación popular, por aplastante realidad. Era el único capaz de avanzar incansable, explorar, adentrarse en la infinidad de esos caminos y volver, con noticias frescas y una inagotable sonrisa, facilitándonos con ello la subida y la estancia. Era, más que seguido, perseguido por las dos valquirias y únicas representantes de la madre tierra que formaba nuestros grupo de exploración “la cruz de verano”, ya que éramos cuatro como los cuatro puntos que indica. Ellas subían incansables, como si el camino fuera plano, casi como mimetizadas en el entorno… sólo sus rostros demostraban lo costoso del camino, era lo único que atestiguaba la subida y solamente cuando no sonreían, que fueron las menos veces. Eran Marian, fiel heraldo de la estirpe que marcan sus rasgos, fuerte, suave, diligente y altanera, casi nativa de estas tierras; y en su mano a mano Ophélie, emisaria de lejanas tierras del norte, entre las frontera gala y germana, de elocuentes ojos verdes y piel blanca como el rocío de la mañana, siendo esto lo único que la separaba del espíritu íbero que demostró en la jornada. Yo cerraba la escuadra a distancia prudencial, ya fuera por mi tiempo de encierro en casa o catsa, o la necesidad de mi espíritu de afrontar aquellas cosas en soledad, o puede que ni una ni la otra o que todas a la vez, sólo recuerdo que la mayoría del tiempo disfrutaba cada parada y cada escalón.
Así fue como al superar la acometida y llegar donde conducía la subida, nos acordamos un par de veces más del sultán y de la madre que lo parió, y continuamos resueltos hacia delante. Animados ahora por la proyección casi horizontal del camino que se nos mostraba, mimados por las moreras que lo custodiaban e impresionados por los paisajes, que impertérritos, nos animaban a seguir adelante… y allí, en la lejanía, el rey moro se alzaba pletórico aun coronado por su corona de nubes, sueños y recuerdos.
Ya en grupo cerrado, entre bromas, risas, moras y refrescantes sombras seguimos hasta el río. Una construcción de otros tiempos y un pueblo muerto daban la bienvenida al cruce de caminos. Un lugar tranquilo, acunado para la eternidad por el susurro del río, la explosión de vegetación y la presencia invisible de la vida salvaje… allí consultamos el manuscrito que compramos en el tenderete de un comerciante genovés, hacía ya mucho días. El manuscrito andaba borroso cuando hablaba de esa parte del camino, así que con esa información, nuestra interpretación y una casi ausencia total de experiencia y orientación, escogimos el camino de la izquierda. Subimos una cuesta pronunciada durante unos cientos de metros hasta llegar a un punto sin salida, volvimos y gracias a una de las numerosas incursión de Albertus, seguimos avanzando durante unas dos horas, bajo un cielo azul y un Sol de justicia. El camino era tosco, empinado, brutal para nuestras capacidades, pero paso a paso, escalón tras escalón fue rindiéndose a nuestros pies o bajo ellos… según se mire.
Lo cierto es que cuando vencimos al camino, cuando este ya llaneaba y mostraba la cima del monte que subíamos, nos percatamos que aquél nos conducía al oeste cuando el norte era nuestra dirección. Así, que tras parar a descansar nuestras ya fatigadas piernas, reponernos con agua de la sierra, algo de comer y una visita fugaz al reino de Morfeo, decidimos rehacer el camino. Desandar todo lo conseguido y empezar de cero, con las piernas ya agotadas, las ropas empapadas y el corazón pletórico de armonía y energía.
Nos costó una hora volver a donde los caminos se juntaban, y allí volvimos a intentar descifrar lo que nuestro pergamino guardaba. Éramos conscientes que nuestras fuerzas ya flaqueaban, que el sol ya bajaba y que otro error podría dar al traste nuestra incursión en aquellas inhóspitas tierras, donde el viejo rey moro nos aguardaba.
Desciframos de nuestra guía, que siempre teníamos que seguir al río que nos guiaría hasta donde íbamos y así lo hicimos, bajamos tremenda pendiente, entre zarzas, matorral y moscas… millones de ellas que ya no nos abandonarían hasta la vuelta. Llegamos donde el río corre libre y tras unos pocos metros nos topamos con una pared infranqueable de vegetación, piedras y desespero.
El animó calló y ya planes para una “retirada estratégica” empezaban a formar parte de nuestras conversaciones, pero como poseídos por el espíritu que llevo a España a dominar el mundo volvimos hasta el principio y lo intentamos una vez más, por el ultimo camino que nos quedaba por explorar.
Maldito Mulay… nos la jugó bien. El último sendero, porque no es que se llamara camino, que exploramos era siniestro. Parecía la definición exacta de “camino de fuerte pendiente” y penosamente subimos, más que paso a paso lo hicimos con los ojos de la cara.
En una de las últimas curvas de esa macabra subida, y con el sol ya resbalando por el cielo, paramos a deliberar nuestra situación. Apenas sin agua, sin saber si era el camino correcto, y con la noche ya amenazando… decidimos aplazar la subida hasta que supiéramos exactamente el camino y así acometer en una jornada la subida a las barbas del que cedió Granada por nada.
Derrotados, agotados pero contentos… emprendimos el camino de vuelta. Allí encontramos dos montañeros, como por arte de magia y nos facilitaron el camino de subida y un ¡mapa!, benditos aquellos Ángeles de la guarda.
Cuando el Sol casi había muerto llegamos al pueblo. Allí estudiamos el mapa y vimos todo lo que habíamos hecho. Subimos lo equivalente al peor tramo del camino a la cima tres veces y comparamos la información de aquel mapa con nuestro pergamino… fue entonces, cuando nos dimos cuenta de la primera frase de la guía que nos había llevado… “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”… una risa profunda y cansada nos abrazó a todos, y ahora que conocíamos el camino juramos volver y destronar la última morada del penúltimo rey moro… Mulay Hasen.
El fin del día nos regalo un bonito atardecer, una velada de risas, historias galas y una cena abundante en la falda de una montaña de esta Alpujarra.
Una vez pertrechados, posicionados y preparados emprendimos el camino en una atmosfera cordial, jovial, entusiasta y animada. Tras preguntar a un par de lugareños y girar otras tantas veces en esquinas equivocadas, como micro presagio de lo que acontecería más tarde, cogimos el hilo al camino de subida; como heroicos, que a veces es símil de ignorantes, hijos de nuestras madres.
Ya al inicio, sin tiempo de responder, el Rey Moro atacó directo y contundentemente a nuestro estandarte, el coraje. Una tremenda subida, como si fuera el sendero directo a las mismas barbas de Yahvé, sembrada de roca viva inauguraba el camino. A pesar de la claridad del día y la perfecta temperatura que nos acariciaba, aquella cuesta -y la palabra “cuesta” nunca estuvo mejor empleada- nos transportó a unos momentos de nerviosismo, agotamiento, calor, desesperación, incomprensión y temor al pensar en aquello como única vía de subida, que casi te obligaba a prestar sólo atención al brillo depredador de las puntas de las rocas que cobijaba aquel suelo estéril, para que te quedara bien claro cuales te clavarías en cada paso.
Pero aquella brutal acometida a nuestra moral, no consiguió más que espolear nuestra cólera y mentalizarnos -lo que más tarde descubriríamos que en exceso- de que aquel camino sería todo sufrimiento. E incomprensiblemente seguimos adelante.
Abría el paso Ludo Vicús Albertus, más que por votación popular, por aplastante realidad. Era el único capaz de avanzar incansable, explorar, adentrarse en la infinidad de esos caminos y volver, con noticias frescas y una inagotable sonrisa, facilitándonos con ello la subida y la estancia. Era, más que seguido, perseguido por las dos valquirias y únicas representantes de la madre tierra que formaba nuestros grupo de exploración “la cruz de verano”, ya que éramos cuatro como los cuatro puntos que indica. Ellas subían incansables, como si el camino fuera plano, casi como mimetizadas en el entorno… sólo sus rostros demostraban lo costoso del camino, era lo único que atestiguaba la subida y solamente cuando no sonreían, que fueron las menos veces. Eran Marian, fiel heraldo de la estirpe que marcan sus rasgos, fuerte, suave, diligente y altanera, casi nativa de estas tierras; y en su mano a mano Ophélie, emisaria de lejanas tierras del norte, entre las frontera gala y germana, de elocuentes ojos verdes y piel blanca como el rocío de la mañana, siendo esto lo único que la separaba del espíritu íbero que demostró en la jornada. Yo cerraba la escuadra a distancia prudencial, ya fuera por mi tiempo de encierro en casa o catsa, o la necesidad de mi espíritu de afrontar aquellas cosas en soledad, o puede que ni una ni la otra o que todas a la vez, sólo recuerdo que la mayoría del tiempo disfrutaba cada parada y cada escalón.
Así fue como al superar la acometida y llegar donde conducía la subida, nos acordamos un par de veces más del sultán y de la madre que lo parió, y continuamos resueltos hacia delante. Animados ahora por la proyección casi horizontal del camino que se nos mostraba, mimados por las moreras que lo custodiaban e impresionados por los paisajes, que impertérritos, nos animaban a seguir adelante… y allí, en la lejanía, el rey moro se alzaba pletórico aun coronado por su corona de nubes, sueños y recuerdos.
Ya en grupo cerrado, entre bromas, risas, moras y refrescantes sombras seguimos hasta el río. Una construcción de otros tiempos y un pueblo muerto daban la bienvenida al cruce de caminos. Un lugar tranquilo, acunado para la eternidad por el susurro del río, la explosión de vegetación y la presencia invisible de la vida salvaje… allí consultamos el manuscrito que compramos en el tenderete de un comerciante genovés, hacía ya mucho días. El manuscrito andaba borroso cuando hablaba de esa parte del camino, así que con esa información, nuestra interpretación y una casi ausencia total de experiencia y orientación, escogimos el camino de la izquierda. Subimos una cuesta pronunciada durante unos cientos de metros hasta llegar a un punto sin salida, volvimos y gracias a una de las numerosas incursión de Albertus, seguimos avanzando durante unas dos horas, bajo un cielo azul y un Sol de justicia. El camino era tosco, empinado, brutal para nuestras capacidades, pero paso a paso, escalón tras escalón fue rindiéndose a nuestros pies o bajo ellos… según se mire.
Lo cierto es que cuando vencimos al camino, cuando este ya llaneaba y mostraba la cima del monte que subíamos, nos percatamos que aquél nos conducía al oeste cuando el norte era nuestra dirección. Así, que tras parar a descansar nuestras ya fatigadas piernas, reponernos con agua de la sierra, algo de comer y una visita fugaz al reino de Morfeo, decidimos rehacer el camino. Desandar todo lo conseguido y empezar de cero, con las piernas ya agotadas, las ropas empapadas y el corazón pletórico de armonía y energía.
Nos costó una hora volver a donde los caminos se juntaban, y allí volvimos a intentar descifrar lo que nuestro pergamino guardaba. Éramos conscientes que nuestras fuerzas ya flaqueaban, que el sol ya bajaba y que otro error podría dar al traste nuestra incursión en aquellas inhóspitas tierras, donde el viejo rey moro nos aguardaba.
Desciframos de nuestra guía, que siempre teníamos que seguir al río que nos guiaría hasta donde íbamos y así lo hicimos, bajamos tremenda pendiente, entre zarzas, matorral y moscas… millones de ellas que ya no nos abandonarían hasta la vuelta. Llegamos donde el río corre libre y tras unos pocos metros nos topamos con una pared infranqueable de vegetación, piedras y desespero.
El animó calló y ya planes para una “retirada estratégica” empezaban a formar parte de nuestras conversaciones, pero como poseídos por el espíritu que llevo a España a dominar el mundo volvimos hasta el principio y lo intentamos una vez más, por el ultimo camino que nos quedaba por explorar.
Maldito Mulay… nos la jugó bien. El último sendero, porque no es que se llamara camino, que exploramos era siniestro. Parecía la definición exacta de “camino de fuerte pendiente” y penosamente subimos, más que paso a paso lo hicimos con los ojos de la cara.
En una de las últimas curvas de esa macabra subida, y con el sol ya resbalando por el cielo, paramos a deliberar nuestra situación. Apenas sin agua, sin saber si era el camino correcto, y con la noche ya amenazando… decidimos aplazar la subida hasta que supiéramos exactamente el camino y así acometer en una jornada la subida a las barbas del que cedió Granada por nada.
Derrotados, agotados pero contentos… emprendimos el camino de vuelta. Allí encontramos dos montañeros, como por arte de magia y nos facilitaron el camino de subida y un ¡mapa!, benditos aquellos Ángeles de la guarda.
Cuando el Sol casi había muerto llegamos al pueblo. Allí estudiamos el mapa y vimos todo lo que habíamos hecho. Subimos lo equivalente al peor tramo del camino a la cima tres veces y comparamos la información de aquel mapa con nuestro pergamino… fue entonces, cuando nos dimos cuenta de la primera frase de la guía que nos había llevado… “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”… una risa profunda y cansada nos abrazó a todos, y ahora que conocíamos el camino juramos volver y destronar la última morada del penúltimo rey moro… Mulay Hasen.
El fin del día nos regalo un bonito atardecer, una velada de risas, historias galas y una cena abundante en la falda de una montaña de esta Alpujarra.
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