miércoles, 8 de agosto de 2007

The End

Ayer me levanté tarde. ¡Total!, ¿qué más daba ya? Mientras subió el café fregué los cacharros de la cena pasada. Frotando pesadamente los platos pegaba el oído a la cafetera para ser el primero en enterarme cuando estaría listo. No sé si por las ganas de tomar el café y espabilar o por tener una excusa para dejar de frotar.

Al final el café subió justo cuando enjuagaba el último tenedor. Cerré el fuego, una de las tazas que acababa de fregar me sirvió para verter el negro líquido de espabilar hasta cubrir tres tercios, justo hasta la primera hendidura que se ve por dentro de la taza, mirada de arriba abajo, que marca el principio del asa. Abrí el armario frente a mi cabeza para coger el azúcar. Tres segundos estuve con la mano levantada intentando averiguar cual de los tarros sería… ¡claro!, este transparente donde se ve el azúcar -me dije sonriéndome mientras lo destapaba. Usé una cucharilla húmeda, estaba recién fregada, para poner exactamente una rasa, otra por la mitad más la punta de la una tercera por si faltaba, justo como me gustaba. Dos pasos a la derecha, abrí el frigorífico, saqué la leche y llene lo que quedaba de taza, dejando que se viera justo el borde, para poder mover la cuchara, sin derramar nada.

Bebí lo justo para descolmar la taza, dándome este sorbo el impulso necesario para echar a andar y llegar a la terraza. Al pasar por el salón cogí el solitario cigarro que había dejado la noche pasada pensando exactamente en aquel momento de la mañana. Con él en la boca y removiendo ya sin miedo a derramar el contenido de la taza, di los últimos pasos hasta la barandilla de mi terraza. Apoyé en ella la taza, encendí el cigarrillo y tras expulsar el humo de la primera calada, di un par de vueltas más a mi café y lo sentí como a gloria resbalando por mi garganta.

Apoyado en la barandilla, disfrutando de las vistas, de mi cigarro y mi café pasaron los primeros minutos de ese glorioso día. Estaba contento, alegre, eufórico, algo melancólico y pletórico como hacía tiempo no me sentía. Aquella calle por la que entraba y salía todos los días, no me parecía la misma. Los árboles encerrados en sus parcelitas se movían al unísono, marcando los pasos del baile que el suave viento desde el mar les traía. Dos vecinos se saludaban al unísono, mientras un coche dejaba un susurro de vuelta e ida. ¡Qué me parta un rayo si es la misma calle que antes de aquella mañana veía!

El sol se alzaba grandioso marcando, sino calculo mal, casi el medio día haciéndome recordar mi cita.

Con una sonrisa encajada en la cara apuré la última calada seguida del último trago de café. Me dirigí a mi cuarto para adornar aquella bella mañana con la banda sonora que necesitaba. Mis ojos se clavaron en la canción idónea, The End. Suave, tranquila y calida, dentro de lo desesperada que parecía. Perfecta para aquella mañana.

Tras subir el volumen y dejar que inundara la casa fui hasta el cuarto de baño. Me afeité, aunque parezca mentira, me duché, perfumé, peiné y volví a mi cuarto para elegir que me iba a poner. Esta parte siempre era un problema, tenía ropa para ir de marcha al campo, un traje por si alguien se volvía loco y quería tener una boda, ropa para volver e ir al trabajo… pero nada para un momento como aquel. Mezclando un poco de esto con otro poco de aquello y esperando que nadie se fijara en lo de más allá, me hice con un conjunto que más bien que mal me podría servir al final, de negro riguroso tal y como me gustaba y la situación demandaba.
Repasándome en el espejo del ascensor, bajé hasta el coche. Arrancó a la primera, no sin esfuerzo, sin perder un instante encendí la radio y me puse en camino. No estaba lejos a donde me dirigía, unos 15 minutos en coche si el tráfico lo permitía. No iba a correr, de aquella mañana quería hasta disfrutar el trayecto de ida.

¡Adiós!, dije al vencido contenedor de basura. ¡Adiós! al kiosco de la esquina. ¡Adiós! Estanco, ¡estanco! no tenía tabaco y me sonreí al recordar que el de esta mañana había sido el último de mi vida; Bar, Panadería y Peluquería. Y con la sonrisa que me acompañaba, desde que me levanté aquel día, proseguí mi camino a donde me dirigía.

¡Cuantas veces había hecho aquel camino!, y que diferente me parecía. Perdido en estas sensaciones y en los pensamientos que ellas traían, casi sin darme cuenta llegué a donde quería.

Aparqué el coche a la sombra, aunque… ¿para que? ya no me serviría. Con paso firme y sosegado me dirigí donde creía que publicaban las listas. Allí era, no me equivocaba, y con una mirada furtiva ojeé el papel que allí colgaba con nervios en el estómago, la verdad sea dicha.

¡Dios!, mi nombre no estaba ¿Se habrán olvidado que hoy era mi día? ¡No puede ser! Tranquilo vuelve a mirarla, me decía mientras notaba que un sudor frío se resbalaba por mi espalda hasta la rabadilla.

¡Ah, sí! ¡Aquí esta!, mientras me oía estas palabras volví a notar como mi sangre de nuevo corría. Sala 6, cuarta puerta casi al final de la galería, y hacia allí se dirigieron mis pasos mientras levantaba la cabeza para centrarme y saber por donde me movía.

Era un sitio esplendido, lleno de árboles, pajarillos y flores que por todas partes crecían. No me extraña que lo llamen Campo Santo porque a seguro que la paz… allí nacía. Al seguir a mis pasos miraba a todos lados intentando guardar en mi retina todo lo que veía, el sol reflejado en el blanco mármol, el caño de agua que hacia el cielo la fuente envía, el cantar de los pájaros… todo, todo era como quería que fuese ese día. Me sentía gozoso, contento casi estallo de la alegría.

¡Aquí está! Sala 6 y mi nombre bajo el numero se veía, recordando a todo el que pasaba quien era el que allí, por hoy, yacía.

Nada recuerdo tras cruzar por aquella puerta, sólo espero que sólo se escucharan cantos, risas, bebidas y el chasqueo de los clipers seguramente a escondidas.

Ayer morí, tal y como juré que haría aquel día. Se entierran conmigo viejas penas, dudas y melancolías, sufrimientos, defectos y desvaríos que ya no me hacen compañía. Ni un llanto, ni una lagrima quiero por mi vida perdida. Sólo quiero escuchar un ¡urra! y un ¡viva!, por el yo que se avecina.


Hoy me he levantado. Mientras subía el café he fregado los cacharros de la cena de anoche. Frotando pesadamente los platos pegaba el oído a la cafetera para ser el primero en enterarme cuando estaría listo. No sé si por las ganas de tomar el café y espabilar o por tener una excusa para dejar de frotar.

Al final el café sube justo cuando enjuago el último tenedor. Cierro el fuego, una de las tazas que acabo de fregar me sirve para verter el negro líquido de espabilar hasta cubrir tres tercios, justo hasta la primera hendidura que se ve por dentro de la taza, mirada de arriba abajo, que marca el principio del asa. Abro el armario frente a mi cabeza para coger el azúcar. Paso tres segundos con la mano levantada intentando averiguar cual de los tarros es… ¡claro!, este transparente donde se ve el azúcar -me digo sonriéndome mientras lo destapo. Uso una cucharilla húmeda, esta recién fregada, para poner exactamente una rasa, otra por la mitad más la punta de una tercera por si faltaba, justo como me gusta. Dos pasos a la derecha, abro el frigorífico, saco la leche y lleno lo que queda de taza, dejando que se viera justo el borde, para poder mover la cuchara, sin derramar nada.

Bebo lo justo para descolmar la taza, dándome el sorbo el impulso necesario para echar a andar y llegar a la terraza. Al pasar por el salón cojo el solitario cigarro que había dejado la noche pasada pensando exactamente en aquel momento de la mañana. Con él en la boca y removiendo ya sin miedo a derramar el contenido de la taza, di los últimos pasos hasta la barandilla de mi terraza. Apoyo en ella la taza, enciendo el cigarro y tras expulsar el humo de la primera calada, doy un par de vueltas más a mi café y lo siento como a gloria resbalando por mi garganta.
http://es.youtube.com/watch?v=dbI5K0AzNHI

1 comentario:

Yami Flores dijo...

Dios!, este si que es realmente pero relamente sorprendente......... me he quedado con la boca abierta creo q casi la arrastro hasta el suelo XD.

La muerte es una decision, pero nacer de nuevo.....uhhhhh eso si que es mas dificil que dejarse morir y llevar con uno el equipaje. Nacer de nuevo,estar listo para volver a respirar.