Camine hasta el servicio, creo que aun soñando. Abrí un poco el grifo del agua, y con paciencia deje que se me llenara la mano. Primero los ojos, para despertar el alma. Después la cara, para ayudarla a salir de la bonanza. Seguido de las orejas, que sino es como si no hubiera hecho nada. Mientras limpiaba mis dientes, mucho más despierto me notaba, pensaba que en breves instantes llegaría el momento por el que allí estaba.
Con mariposas en el estomago y el frescor de la mañana, me peiné con alegría una simple cola bastaba. Ahí pude ver en el reflejo del espejo que enfrente estaba, era mi boca la que sonreía… todo aquello me encantaba.
Me dirigí, ya concentrado, a la almena de mi castillo (entiéndase por almena terraza y por castillo piso) y allí el fresco del final de la madrugada me esperaba, con un suave cantar de los pajarillos más arrieros, y el susurro casi durmiente, de esta otra ciudad que nunca duerme.
Gracias a esta apertura al mundo, que es mi terraza, no necesite brújula, ni estrellas, ni mapa, porque ella siempre mira a donde crece la mañana.
En el sitio que mejor me pareció me senté con las piernas cruzadas, dejando reposar las manos en las rodillas e irguiendo la espalda, intentando no pensar ni siquiera en la nada.
Pasado… ¿qué se yo?... digamos un rato… me di por vencido al no poder encontrar ese vacío, que mi mente racionalizada no podía encontrar sin tener que relacionarlo con la nada.
Entonces, me dispuse a mi auténtico plan, el momento que estaba esperando empezó a producirse sin más, sin tapujos y gratuito, derrochando bondad.
Me dejé llevar.
La vista no era más que un complemento del resto de los sentidos. El oído acunado por el cantar de los pájaros, por la canción del viento fresco de verano y el susurro amnésico del tráfico. La suave caricia del aire, que tímida va y viene sin saber que la quiero y la he estado esperando.
Las estrellas poco a poco le fueron abriendo el paso, con delicada reverencia, al gran astro.
Cerré mis ojos y noté como se colaba, furtivo y cariñoso, por mi cara para iluminar toda mi alma.
-Es por ti por quien estoy aquí sentado- me oí decir a mis oídos, estando callado- Gracias por lo que no das, sin pedir nada a cambio. Por las flores y estos días de luz que nos envuelven a diario. Por que inspiraste el fuego sagrado. Por los paseos por la tarde en la plaza, el paseo o el barrio. Por ese rayo preciso que calienta mis manos. Por el brillo del río. Por los colores, que contagian nuestros sentimientos más privados. Por la luz que derrocha la piel de esa muchacha, con la que esperas el autobus casi a diario.
Abrí los ojos, y todas las estrellas se habían retirado. Sin saber por qué, me vi
arrodillado y una reverencia sincera me salió de donde no sabía que la tenía guardada. Allí estaba yo, un hereje dispuesto a ser quemado, un rostro invisible del mundo creado, o un imbécil que pierde 20 minutos de sueño para desearle al Sol sólo un poco de lo que el nos regala a diario. Pero me sentía contento por dar la bienvenida, por un día, al a partir de hoy mi Sol amado.Me erguí arrodillado y extendí mis brazos para recoger toda aquella alegría, que el gran astro nos regala año tras año.
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=)
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