Fue en aquella noche de lluvias, en aquella noche sin estrellas, cuando me adentré en el bosque persiguiendo aquella meiga.
Altos árboles, como fríos vigilantes de las sombras, flanqueaban el camino sinuoso hasta los pies de la montaña de piedra.
Con mi armadura de cuero endurecido, la estrella de cinco puntas a fuego en la pechera, me adentré en el bosque sombrío, con la espada en la diestra, levantaba la siniestra una antorcha, que me separaba de las tinieblas.
Caminaba sobre los restos de mil hombres que habían muerto en los márgenes de aquella vereda, persiguiendo a aquella bruja que de seguro en las sombras me acecha.
Seguir de frente por el sendero hasta el viejo alcornoque del que una soga cuelga, abandonar el camino y meterme en la maleza, hacia el este, hasta encontrar el camino del arroyo seco. Allí… girar y caminar sin perder de vista el negro pico de roca, de la Montaña Maldita… fueron las indicaciones de aquel anciano ciego bien sabido, que junto con los demás habitantes de la Aldea del principio del camino, sostenían el mudo testamento de La Esperanza, La Dicha y el Sosiego, si es que en aquellas olvidadas tierras hubieran nacido en algún momento.
Desde aquel punto la ruta era incierta. El Viejo no supo decirme más, era hasta el sitio donde él había llegado antes que el pánico se le colara por las narices, le inundara el pecho y pusiera su corazón al trote desbocado. Conduciéndolo, como si otro camino no existiera, a la soga de aquel Alcornoque y a colgarse de ella, buscando la salida que a seguro le había conjurado, aquella bruja en la sesera.
Afortunadamente, si fue la fortuna lo que rigió el destino de aquel hombre, la soga se rompió y no le quedo otra que correr hacia el pueblo, para perder la vista junto con la luz de la siguiente Luna Nueva.
¡Nada! No se oye nada. Ni un ratón, lechuza o rana. Nada, salvo mis pasos sobre el camino de piedras y tierra, y el fuego quemando el aire que a mi antorcha llega.
Me siento vació y solo, rodeado de quietud e incertidumbre. Un escalofrió me recorre la espalda al pensar que estoy sintiendo lo que siente un muerto. La más profunda oscuridad alojada en lo alto y ancho de mi cuerpo, que sostiene con fatiga sin pocos esfuerzos, el peso de mi piel mientras espera que vuelva a correr el Tiempo.
Imágenes que saltan de unas a otras en mi cabeza, mi hermana, mi madre, mi casa, el relincho de mi caballo, el sudor al arar los campos, la comida de fin del invierno, la taberna y tabernera de la que pase tanto enamorado, el jazmín de las noches de verano… Parece que hace tanto que me marché y han sido solamente unos tres años, pero me siento tan cansado como al cruzar un valle desolado, sin sombra ni pozo, bajo el Sol Necit, bien pasado el segundo cuarto del año.
La niebla empieza a fundirse con el aire. Con no pocos esfuerzos mi antorcha ilumina dos codos de nada, justo lo que estoy viendo. ¿Será verdad que estoy muerto y voy donde la eternidad espera? No, ¿qué estas diciendo?, sólo una mala estrella dio con mi cuerpo en esta agonía disfrazada de niebla. No es que no tema a la muerte, solo que ni en batalla, ni guerra, me vi más cerca de ella…
miércoles, 14 de marzo de 2007
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