En la orilla de un río, en unas tierras que llaman de Jangan, desperté aquella tarde sin saber donde estaba. En aquel lugar, agradable y calido, lleno de extraños seres pululantes, rodeado de monstruos impíos que vagan quietos en distintos lados.
Con mi peto de cuero roído, porque armadura no es que se llamara, comencé mi periplo por aquellas tierras en busca de una pista que me llevara a mi casa.
Los primeros tiempos, como los primeros tiempos de todas partes, fueron desordenados, ruinosos frustrantes e incluso macabros. Acentuados más si cabe, por dos de los seres más infernales que he comprobado habitan estos lugares. Hijos de Perra de negro malestar, con oficio sin beneficio, que andan de aquí para allá portando las condenas de sus corazones llenos de desperdicios. Y la otra, menos aparente pero mucho más mortal, esos seres diminutos, la encarnación del puro mal, que andan persiguiendo a sus amos, sedientos de robar tus sueños y esperanzas encarnadas en difusas cajas y brillo de metal.
Así fue, como comencé mi andar. De un lado a otro, sabiendo que quería, pero no donde encontrar. Con mi viejo arco, que no pudo tragarse el mar, empecé saeteando los monstruos, que pululantes y fatigosos, se cruzaban en mi camino, al que no volverían más.
El Sol y la Luna cruzaron mil veces el cielo, mientras iba sintiendo como una fuerza colosal, se cobijaba en mi cuerpo, haciéndome sentir como en mi hogar, al recordarme las cumbres nevadas de Tejeda, en los meses en el que el Sol más lejos está.
Siempre bien acompañado de Laurina y Killyhop, nobles guerreros de más allá del mar, de cerca de donde vengo y a donde quiero llegar, me aliste a las filas del ejercito de Jagan para combatir a los monstruos que acechan sus murallas y salvaguardar los muros de la ciudad. No por altanería ni humanidad, sino porque un viejo me contó, entre tragos de hidromiel y buenos trozo de cerdo lechal, que me sería más fácil progresar hasta Hotan, última ciudad antes del mar, donde me aseguró que con fortuna, buenos contactos y un importante capital, encontraría un velero flotante que me llevaría de vuelta a mi hogar.
Mal pagado y ruinoso es el trabajo del soldado, y forzado me encontré a comerciar de ciudad en ciudad. Robado y apaleado quede cien veces, casi sin una moneda para volver a comprar, cuando me cruce en unos de mis viajes con Bern, indómito paladín asentado en la ultima ciudad, quien me ofreció acompañarle de una punta a la otra bajo el cobijo de su escudo y protegido por los borbotones de mana que salían de sus manos, pulverizando a los de negro desencanto sin darme tiempo ni a parpadear.
Accedí de buen grado, pensando en las montañas de oro que podría conseguir con semejante aliado. Pero tras el primer comprendí que no era oro lo que me ofrecía aquella relación, sino algo mucho más preciado para mi situación. El experimentado trader me cedió gentil toda la información, que guardaba aquella coraza desgastada y ensangrentada que infundía a la par respeto y terror.
Una caravana llevó a otra y esta a una más, hasta conocer a los que integraban su clan. Pios guerreros que ofrecieron sus armas y sus vidas a proteger aquellos caminos sin pedir nada más que una muerte honrosa, o decapitar, a los sucios bandidos vestidos de negro malestar.
Así fue como entre en Hispalos, un poderoso clan. Medido desde el blanco de sus intenciones, porque como todos sabrán, no existe espada, arco o lanza que pueda vencer a un corazón que lucha por la libertad.
martes, 3 de abril de 2007
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