martes, 28 de agosto de 2007

... de esos días...

Vengo de esos días entre el invierno y el verano,
en la que la luz se vuelve opaca
el calor empieza a ser difícilmente recordado
y el viento amigo nos regala aire fresco,
desplazando el que aquí empieza a estar estancado.

Vengo de esos días entre el invierno y el verano,
en el que doblamos y envolvemos los recuerdos
en paños de seda con hilos de oro adornados.
Ese sentimiento del que nunca te separarás,
cunado las caras y olores queden borrados.

De donde las promesas creen tornarse en realidades,
resbalandose de unas manos angelicales.
Destrozándose en mil añicos
Contra el liso, frío y duro suelo de las verdades.

Tengo dos sombras en la mano derecha,
Saltan, se ríen, juegan y se besan.
Tengo dos luces en mi mano izquierda,
que tintineando por primera vez observan
lo que habita alrededor de ellas.

Vengo de esos días entre el invierno y el verano,
donde mis paseos volverán a ser largos y acogedores,
acompañado por las primeras hojas que amarillean,
la brisa que se sentirá mucho más fría
y la suave caricia de un sol mucho más amable.


De esos días en los que la Luna se perfila como digna sucesora
de un Sol cansado que se retira a descansar a la cara oculta de la Tierra.

miércoles, 8 de agosto de 2007

The End

Ayer me levanté tarde. ¡Total!, ¿qué más daba ya? Mientras subió el café fregué los cacharros de la cena pasada. Frotando pesadamente los platos pegaba el oído a la cafetera para ser el primero en enterarme cuando estaría listo. No sé si por las ganas de tomar el café y espabilar o por tener una excusa para dejar de frotar.

Al final el café subió justo cuando enjuagaba el último tenedor. Cerré el fuego, una de las tazas que acababa de fregar me sirvió para verter el negro líquido de espabilar hasta cubrir tres tercios, justo hasta la primera hendidura que se ve por dentro de la taza, mirada de arriba abajo, que marca el principio del asa. Abrí el armario frente a mi cabeza para coger el azúcar. Tres segundos estuve con la mano levantada intentando averiguar cual de los tarros sería… ¡claro!, este transparente donde se ve el azúcar -me dije sonriéndome mientras lo destapaba. Usé una cucharilla húmeda, estaba recién fregada, para poner exactamente una rasa, otra por la mitad más la punta de la una tercera por si faltaba, justo como me gustaba. Dos pasos a la derecha, abrí el frigorífico, saqué la leche y llene lo que quedaba de taza, dejando que se viera justo el borde, para poder mover la cuchara, sin derramar nada.

Bebí lo justo para descolmar la taza, dándome este sorbo el impulso necesario para echar a andar y llegar a la terraza. Al pasar por el salón cogí el solitario cigarro que había dejado la noche pasada pensando exactamente en aquel momento de la mañana. Con él en la boca y removiendo ya sin miedo a derramar el contenido de la taza, di los últimos pasos hasta la barandilla de mi terraza. Apoyé en ella la taza, encendí el cigarrillo y tras expulsar el humo de la primera calada, di un par de vueltas más a mi café y lo sentí como a gloria resbalando por mi garganta.

Apoyado en la barandilla, disfrutando de las vistas, de mi cigarro y mi café pasaron los primeros minutos de ese glorioso día. Estaba contento, alegre, eufórico, algo melancólico y pletórico como hacía tiempo no me sentía. Aquella calle por la que entraba y salía todos los días, no me parecía la misma. Los árboles encerrados en sus parcelitas se movían al unísono, marcando los pasos del baile que el suave viento desde el mar les traía. Dos vecinos se saludaban al unísono, mientras un coche dejaba un susurro de vuelta e ida. ¡Qué me parta un rayo si es la misma calle que antes de aquella mañana veía!

El sol se alzaba grandioso marcando, sino calculo mal, casi el medio día haciéndome recordar mi cita.

Con una sonrisa encajada en la cara apuré la última calada seguida del último trago de café. Me dirigí a mi cuarto para adornar aquella bella mañana con la banda sonora que necesitaba. Mis ojos se clavaron en la canción idónea, The End. Suave, tranquila y calida, dentro de lo desesperada que parecía. Perfecta para aquella mañana.

Tras subir el volumen y dejar que inundara la casa fui hasta el cuarto de baño. Me afeité, aunque parezca mentira, me duché, perfumé, peiné y volví a mi cuarto para elegir que me iba a poner. Esta parte siempre era un problema, tenía ropa para ir de marcha al campo, un traje por si alguien se volvía loco y quería tener una boda, ropa para volver e ir al trabajo… pero nada para un momento como aquel. Mezclando un poco de esto con otro poco de aquello y esperando que nadie se fijara en lo de más allá, me hice con un conjunto que más bien que mal me podría servir al final, de negro riguroso tal y como me gustaba y la situación demandaba.
Repasándome en el espejo del ascensor, bajé hasta el coche. Arrancó a la primera, no sin esfuerzo, sin perder un instante encendí la radio y me puse en camino. No estaba lejos a donde me dirigía, unos 15 minutos en coche si el tráfico lo permitía. No iba a correr, de aquella mañana quería hasta disfrutar el trayecto de ida.

¡Adiós!, dije al vencido contenedor de basura. ¡Adiós! al kiosco de la esquina. ¡Adiós! Estanco, ¡estanco! no tenía tabaco y me sonreí al recordar que el de esta mañana había sido el último de mi vida; Bar, Panadería y Peluquería. Y con la sonrisa que me acompañaba, desde que me levanté aquel día, proseguí mi camino a donde me dirigía.

¡Cuantas veces había hecho aquel camino!, y que diferente me parecía. Perdido en estas sensaciones y en los pensamientos que ellas traían, casi sin darme cuenta llegué a donde quería.

Aparqué el coche a la sombra, aunque… ¿para que? ya no me serviría. Con paso firme y sosegado me dirigí donde creía que publicaban las listas. Allí era, no me equivocaba, y con una mirada furtiva ojeé el papel que allí colgaba con nervios en el estómago, la verdad sea dicha.

¡Dios!, mi nombre no estaba ¿Se habrán olvidado que hoy era mi día? ¡No puede ser! Tranquilo vuelve a mirarla, me decía mientras notaba que un sudor frío se resbalaba por mi espalda hasta la rabadilla.

¡Ah, sí! ¡Aquí esta!, mientras me oía estas palabras volví a notar como mi sangre de nuevo corría. Sala 6, cuarta puerta casi al final de la galería, y hacia allí se dirigieron mis pasos mientras levantaba la cabeza para centrarme y saber por donde me movía.

Era un sitio esplendido, lleno de árboles, pajarillos y flores que por todas partes crecían. No me extraña que lo llamen Campo Santo porque a seguro que la paz… allí nacía. Al seguir a mis pasos miraba a todos lados intentando guardar en mi retina todo lo que veía, el sol reflejado en el blanco mármol, el caño de agua que hacia el cielo la fuente envía, el cantar de los pájaros… todo, todo era como quería que fuese ese día. Me sentía gozoso, contento casi estallo de la alegría.

¡Aquí está! Sala 6 y mi nombre bajo el numero se veía, recordando a todo el que pasaba quien era el que allí, por hoy, yacía.

Nada recuerdo tras cruzar por aquella puerta, sólo espero que sólo se escucharan cantos, risas, bebidas y el chasqueo de los clipers seguramente a escondidas.

Ayer morí, tal y como juré que haría aquel día. Se entierran conmigo viejas penas, dudas y melancolías, sufrimientos, defectos y desvaríos que ya no me hacen compañía. Ni un llanto, ni una lagrima quiero por mi vida perdida. Sólo quiero escuchar un ¡urra! y un ¡viva!, por el yo que se avecina.


Hoy me he levantado. Mientras subía el café he fregado los cacharros de la cena de anoche. Frotando pesadamente los platos pegaba el oído a la cafetera para ser el primero en enterarme cuando estaría listo. No sé si por las ganas de tomar el café y espabilar o por tener una excusa para dejar de frotar.

Al final el café sube justo cuando enjuago el último tenedor. Cierro el fuego, una de las tazas que acabo de fregar me sirve para verter el negro líquido de espabilar hasta cubrir tres tercios, justo hasta la primera hendidura que se ve por dentro de la taza, mirada de arriba abajo, que marca el principio del asa. Abro el armario frente a mi cabeza para coger el azúcar. Paso tres segundos con la mano levantada intentando averiguar cual de los tarros es… ¡claro!, este transparente donde se ve el azúcar -me digo sonriéndome mientras lo destapo. Uso una cucharilla húmeda, esta recién fregada, para poner exactamente una rasa, otra por la mitad más la punta de una tercera por si faltaba, justo como me gusta. Dos pasos a la derecha, abro el frigorífico, saco la leche y lleno lo que queda de taza, dejando que se viera justo el borde, para poder mover la cuchara, sin derramar nada.

Bebo lo justo para descolmar la taza, dándome el sorbo el impulso necesario para echar a andar y llegar a la terraza. Al pasar por el salón cojo el solitario cigarro que había dejado la noche pasada pensando exactamente en aquel momento de la mañana. Con él en la boca y removiendo ya sin miedo a derramar el contenido de la taza, di los últimos pasos hasta la barandilla de mi terraza. Apoyo en ella la taza, enciendo el cigarro y tras expulsar el humo de la primera calada, doy un par de vueltas más a mi café y lo siento como a gloria resbalando por mi garganta.
http://es.youtube.com/watch?v=dbI5K0AzNHI

jueves, 2 de agosto de 2007

A oscuras

Estoy a oscuras. Ni un ápice de luz se quedo entre estas paredes. No se donde acaba mi mano, ni empieza mi cara. Todo a mí alrededor es un vacío que me tiene dentro. Parece que escucho algo, pero no es más que el rebote incesante del sonido que hizo la cerradura, al cerrar la puerta a su paso, desvirtuando la cadencia del silencio que en mi oído se ha instalado.

Todo parece eterno aquí dentro, sólo se mueven algunos pensamientos ligados a sentimientos, confusos y somnolientos. Hace tanto que no se marchan, los llevo tan dentro, que casi ya no los siento.

¿Cuál era ese recuero que evocaba aquel sentimiento?, ¿o aquél sentimiento que traía de la mano ese recuerdo?

Abstraído en mi pensamiento, me extrajo de mi ensueño el “tic tac” acompasado de mi corazón golpeando el pecho.

Soy una roca vencida bajo la lluvia.
La luna coronando el cielo.
Una hoja amarilla y marchita,
empujada por el viento.

En esta negrura infinita, es como si no estuviera en mi cuerpo. Da igual tener los ojos cerrados o abiertos. Sólo están conmigo mis pensamientos, recuerdos y sentimientos.

¿A qué puede parecerse este vacío? Parecido a la legión de sombras del Poniente, que se lanzan depredadoras, engullendo calles, almas, ríos y a todo ser viviente. O, se me ocurre sin sentir un escalofrío, que tal vez… esté bajo el manto negro de la muerte, que desde su morada lejana y fría, ha venido a recordarme todo lo que es realmente urgente.

Aquí dentro, con mis pensamientos, recuerdos, sentimientos y tal vez la muerte, desvío mi camino para imaginar, ese mundo que se esparce decadente a golpe de miseria, rencor, dudas y buenas gentes. ¿Será de día o de noche en ese mundo cada vez más doliente?

Soy una roca que aguanta,
desesperada la corriente.
La luna cautiva de los ojos,
de los que no se quieren.
Una sonrisa a destiempo,
cuando ya todo está en silencio.

Parece que ya los tengo, recuerdos recordados, sentimientos sentidos, pensamientos pensados… y sigo en este vacío ahora
ya violado por el sonido de unos pasos y cuatro marcas de luz que muestran la salida a mi desvarío. Recordándome que tengo los ojos abiertos y que sigo en el mundo donde vivo.

Se de quien eres, luz zalamera. Se de donde sales y a que has venido.

Eres de la inspiración y la creación enviada. Sales del fondo de mi alma. Vienes a coger mis recuerdos, pensamientos y sentimientos, a mezclarlos son sorna, alegría y rabia, para plasmarlo tal vez en algún soneto discreto, que en un momento concreto pueda hacer germinar otra alma.

Me levanto de mi encierro y giro la llave con la que encierro al mundo al entrar en mi morada. La primera vuelta de la llave abre la esperanza, la segunda es el sentimiento de culpa, la tercera es de melancolía por los sentimientos y pensamientos tenidos, la cuarta es la del corazón y ya por último queda el pestillo, el cual uso para tomar aire y soltar un suspiro.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Llegó el momento

Esta mañana me levanté antes que el alba.

Camine hasta el servicio, creo que aun soñando. Abrí un poco el grifo del agua, y con paciencia deje que se me llenara la mano. Primero los ojos, para despertar el alma. Después la cara, para ayudarla a salir de la bonanza. Seguido de las orejas, que sino es como si no hubiera hecho nada. Mientras limpiaba mis dientes, mucho más despierto me notaba, pensaba que en breves instantes llegaría el momento por el que allí estaba.

Con mariposas en el estomago y el frescor de la mañana, me peiné con alegría una simple cola bastaba. Ahí pude ver en el reflejo del espejo que enfrente estaba, era mi boca la que sonreía… todo aquello me encantaba.

Me dirigí, ya concentrado, a la almena de mi castillo (entiéndase por almena terraza y por castillo piso) y allí el fresco del final de la madrugada me esperaba, con un suave cantar de los pajarillos más arrieros, y el susurro casi durmiente, de esta otra ciudad que nunca duerme.

Gracias a esta apertura al mundo, que es mi terraza, no necesite brújula, ni estrellas, ni mapa, porque ella siempre mira a donde crece la mañana.

En el sitio que mejor me pareció me senté con las piernas cruzadas, dejando reposar las manos en las rodillas e irguiendo la espalda, intentando no pensar ni siquiera en la nada.
Pasado… ¿qué se yo?... digamos un rato… me di por vencido al no poder encontrar ese vacío, que mi mente racionalizada no podía encontrar sin tener que relacionarlo con la nada.

Entonces, me dispuse a mi auténtico plan, el momento que estaba esperando empezó a producirse sin más, sin tapujos y gratuito, derrochando bondad.

Me dejé llevar.

La vista no era más que un complemento del resto de los sentidos. El oído acunado por el cantar de los pájaros, por la canción del viento fresco de verano y el susurro amnésico del tráfico. La suave caricia del aire, que tímida va y viene sin saber que la quiero y la he estado esperando.

Las estrellas poco a poco le fueron abriendo el paso, con delicada reverencia, al gran astro.

Cerré mis ojos y noté como se colaba, furtivo y cariñoso, por mi cara para iluminar toda mi alma.

-Es por ti por quien estoy aquí sentado- me oí decir a mis oídos, estando callado- Gracias por lo que no das, sin pedir nada a cambio. Por las flores y estos días de luz que nos envuelven a diario. Por que inspiraste el fuego sagrado. Por los paseos por la tarde en la plaza, el paseo o el barrio. Por ese rayo preciso que calienta mis manos. Por el brillo del río. Por los colores, que contagian nuestros sentimientos más privados. Por la luz que derrocha la piel de esa muchacha, con la que esperas el autobus casi a diario.

Abrí los ojos, y todas las estrellas se habían retirado. Sin saber por qué, me vi arrodillado y una reverencia sincera me salió de donde no sabía que la tenía guardada. Allí estaba yo, un hereje dispuesto a ser quemado, un rostro invisible del mundo creado, o un imbécil que pierde 20 minutos de sueño para desearle al Sol sólo un poco de lo que el nos regala a diario. Pero me sentía contento por dar la bienvenida, por un día, al a partir de hoy mi Sol amado.

Me erguí arrodillado y extendí mis brazos para recoger toda aquella alegría, que el gran astro nos regala año tras año.