Llevo la invisible jaula del amor entre los brazos levantados, arqueados. Voy palpando la nada buscando un rastro, que surge a cada paso y se desvanece como el tiempo en el corazón del desesperado.
Sólo siento el cuerpo humedecido, frío y cansado; mi sudor petrificado en película
de hielo abrazada a mi espalda; el bombeo silencioso de mi corazón acelerado; el sujetar de mis pies, mi peso, en los zapatos. Sólo me siento yo, en mitad de una bruma blanca y azulada, bajo la luz de una única farola, en una calle empedrada.Me desorienta, “aquí busqué antes”, me enamora, me engancha. Juego a esconderme. Me pierdo entre la bruma azulada. Casi siento la felicidad lograda al verse a uno mismo ni como a imaginar soñaba.
Poco a poco un sol amable da la bienvenida a la mañana. El hielo se funde con la ropa, la farola se apaga, la bruma azulada se hace más liviana y se levanta, llenando mi alma de gloria celestial; notando ese sentimiento rejuvenecido cuando sabes que es verdad.
Antes que la bruma se una en el cielo con las demás, correteo de un lado a otro para no dejar escapar, ni un segundo de oro al lado de lo que en esta bruma se me antoja buscar.
Tal vez fueran tres, y en el último parpadeo… mi bruma desapareció por completo. Me encontré a mí mismo correteando sólo por una calle de piedra fría, una bonita mañana de invierno.
Mirando calle arriba, ya sabia donde estaba y que hacía; mientras calentaba mi cara al sol de ese nuevo día, deseé que volviera la bruma mía. Ella siempre me trae ilusiones, enigmas, sueños, profecías… y no me importa si cuando llega la mañana sólo hay mentiras frías.