Aquello era pan comido.
A las diez y treinta de la noche el busca hizo acto de presencia con su vibración intensa e intermitente, robando mi atención de la humeante taza de café salvadoreño que sólo Gloria, la camarera de treinta y tantos agradable en trato, aunque no a la vista, de la cafetería de una de las puntas de la ciudad, sabía como preparar.
Tras respirar hondo. Levante la vista y comprobé que nadie usaba el teléfono. Miré el busca. Busqué el abrigo de mi taza de café y di un sorbo. Aquellos segundos pasaron despacio, convirtiendo el sonido de la cafetería en un lejano e ininteligible murmullo.
El chasquido al dejar la taza me devolvió al tiempo, o él a mí. Ubicándome en un parpadeo.
Me levanté y caminé hacia el teléfono. En aquella cafetería estaban siempre los mismos clientes con diferente aspecto: dos camioneros en la barra, una pareja joven casi escondida en la mesa del fondo junto a la puerta de los servicios, tres barrenderos en una de las mesas del centro, algún que otro itinerante y yo, a ojos de la perenne Gloria, un representante de artículos de deporte sin suerte que se detiene allí, siempre que la ruta lo permite, para degustar este mana divino que brota del Valle de las Hamacas.
Comprobé que eran las 22:35h antes de descolgar el auricular, echar unas monedas y marcar el número que me reclamó al busca. Tras seis tonos, lo pactado, una voz seca y gastada me indicó el paso que faltaba -Main Tourch Str., con la cuarta. Restaurante los “3 faroles”. Zapatos de gamuza azul-
Lo siguiente que oí fue el constante y eterno zumbido que da fin a las llamadas. Colgué el auricular y sin dejar de caminar hacia la salida me despedí con un guiño cariñoso de Gloria, agradeciéndomelo ella con su mejor sonrisa.
Al salir me cerré y subí el cuello del abrigo de paño gris marengo. La noche estaba cerrada y había estado lloviendo por la tarde. Ahora amenazaba agua, pero la contenía un cortante viento gélido.
Caminé calle abajo. En la segunda esquina a mano derecha me esperaba mi coche. Sentí alivio al sentarme en el. Estaba frío, pero al menos allí dentro el viento no me helaba las orejas. Tras unos minutos para calentarme las manos y recuperar la sensación de volver a tener nariz, arranqué sin más preámbulos. Encendí la radio, ajuste el volumen y me puse en marcha.
En aquellos momentos siempre me ocurría lo mismo. Hacía ya dos años que no me llevaba un mal cigarro a la boca, pero en aquellos momentos, más que mi cuerpo mi mente, los echaba en falta como agua de mayo. Así que respiré hondo, conté hasta 7 y centré mi atención en la canción de la radio; “Hell Riser” de ZZtop y una mueca casi hecha sonrisa se dibujo en mi cara.
Main Tourch Str. quedaba al noroeste de allí. Tomé la ruta más directa sin evitar ninguna calle principal, respetando las normas, tranquilamente, cediendo el paso, haciendo gala de mi condición de ciudadano, facilitando las maniobras a quien conmigo comparte esta vía porque así las mías serán también facilitadas, o así lo deberíamos de entender.
Cuando llegué al distrito ya sonaba “Breaking the Law” en la radio. Sin pasar por la puerta del restaurante, di una vuelta a los alrededores. Dejé el coche, esta vez, tres calles más abajo de “Los 3 faroles”. Corté en seco “Rollin´& Tumblin´” – mía culpa – me recliné en el asiento y calenté mis manos con el aliento, más que por el frío que sentía, por el que veía que estaba haciendo. Miré el reloj, 23:08, bajé del coche y tras levantarme el cuello, ajustarme el abrigo, liarme la bufanda y ponerme los guantes, comencé el ascenso de la calle.
Aquella calle, flanqueada por edificios de cuatro plantas, farolas cuya luz no podía atravesar por completo el velo de la humedad que a aquella noche acompañaba, dormía complacida tras una jornada agitada, tal y como atestiguaban los contenedores llenos y todas aquellas cancelas de locales que se extendían hasta donde daba la vista.
Subí por la acera opuesta, solicité un taxi para la calle paralela en 30 minutos. Cuando solicitaba, en una segunda llamada, otro taxi ya estaba frente la fachada del restaurante. Crucé la calle y mientras acababa la petición del taxi eche un vistazo distraído al interior del local.
Antes de colgar, di tres pasos a tras y miré el cartel, dándome eso el tiempo suficiente de respirar hondo y volver a contar hasta siete. Colgué el zumbido en el que se había convertido el final de la llamada telefónica y entré, como con frío, observando sin mirar.
Sonó la campanilla que pendía, dando la bienvenida con un tintineo metálico, de la puerta de entrada. El local era amplio y se extendía hacia el fondo, la barra quedaba a mano derecha, ocupada por un camarero corpulento, de mirada viva que mecánicamente giró la cabeza para ver, más que quien, cuantos entraban. La izquierda estaba sembrada de mesas preparadas para la cena, la cual no parecía bulliciosa a juzgar por la hora y las tres mesas ocupadas. Dos junto a la ventana, cada una con una pareja y una tercera pegada a la pared casi en el centro del restaurante, con dos hombres con la cena ya servida.
Soltándome los botones del abrigo pedí al camarero un café y le pregunté por el servicio, el cual corroboró lo que imaginaba, “al fondo a la izquierda” y casi sin dejar de andar continué, dejando vagar una mirada a los dos hombres que cenaban. Uno de ellos vestía camisa blanca, cobartín tejano, abrigo tres cuartos de cuero y tenía el pelo largo. El otro me tenía a su espalda. Lucía un traje azul oscuro y despachaba con gusto el plato que le habían servido. Ambos llevaban las chaquetas puestas, y aquello… no me gusto nada.
Tras cerrar la puerta del servicio con el seguro, me solté el último botón del abrigo y aflojé la bufanda. “Zapatos de gamuza azul”, creía tener claro a quien se refería, pero tenía que asegurarme. Salí del servicio, me senté en la barra, me quité los guantes, pagué al camarero y preparé lo que le faltaba a aquel café, medio azucarillo y remover tranquilamente al contrario de las agujas del reloj.
El destino, la mala o buena fortuna, o la casualidad, si es que hay alguna diferencia entre ellas, había hecho que aquel camarero dejara mi taza de café frente la maquina. Una “Shumbler” de fabricación nacional, extraordinaria para desayunos pero muy deficientes para cafés de sobremesa. Con un imponente frontal de acero pulido, en el que se capturaba la imagen del centro del bar.
Llevaba unos diez minutos allí dentro, viendo como aquellos dos hombres comían y sólo alcanzaba a oír el murmullo del televisor y alguna carcajada de aquellos dos. Cuando el momento que esperaba llegó. El hombre del tres cuartos de cuero se levantó, vino hasta la barra y a sólo unos centímetros de mi hombro, golpeó la barra y llamó al camarero. Le increpó por llevar más de 10 minutos esperando que le repusiera la cerveza y mientras volvía a su mesa insinuó claramente con buen tono de voz ”tampoco importa tanto, mi meado será suficiente para bajar la mierda de comida que nos estáis dando” . Dándome aquello el tiempo necesario para corroborar lo que pensaba. Usaba zapatos de gamuza azul con hebillas de plata.
El camarero con semblante rígido salió al salón y sirvió las cervezas. Sin pararse a escuchar las sandeces de aquel tipo, giró en redondo y volvió a la cocina.
Gracias al primordial frontón plateado que cobijaba los cuatro caños de aquella imperecedera maquina de café; más propia de rancho militar que de restaurante, vi como los dos hombres casi al unísono, se dejaban caer en sus sillas autoproclamándose vencedores del duelo a muerte que acababan de tener con sus respectivas cenas.
Miré mi reloj, 23:39, si mi taxi no ha llegado estará a punto. Me levanté, saqué un cigarro y mientras me palpaba los bolsillos caminé hacia los hombres.
¿Tienen fuego?
El humo de sus cigarros me respondió y llevándome el mió a la boca me incliné hacia el del corbatín tejano. Este levantaba el mechero despacio y yo no deje de mirar como subía ni un momento. Cuando ya estaba frente la punta de mi cigarro, sonó el chasquido y después vino la llama. Al retirarse esta aquel desconocido sólo encontró mis ojos, clavados en su mirada. En su segundo de incertidumbre, me giré y guié mis pasos hacia la salida, una calada serena y el murmullo de la cafetería se hizo lejano e imperceptible… aquello era pan comido, de libro de texto.
Mientras expulsaba el humo lentamente y me recreaba en los casi circulos que se formaban, me lié la bufanda y a la vez que giraba un cuarto, saqué el arma.
La primera detonación llevó aquella bala a bocajarro en la sien del que me daba la espalda. La segunda detonación tardó el segundo justo que tardé en ubicar mi blanco entre los trozos de cabeza que aun volaban, incrustándole la 9mm en el pecho mientras se quitaba un trozo de los sesos de su amigo de los ojos. La tercera y cuarta detonación siguieron a la segunda tan rápido como dejó el gatillo y aquel tipo calló hacia atrás como si se hubiera bebido allí sentado, la última copa de un trago de la cuarta botella de güisqui.
Di tres pasos hacia el, más que para comparar si estaba muerto para dejar un mensaje de advertencia a los vivos que aun quedaban en el lugar. Deje pasar 5 segundos más y cuando note que los primeros ojos curiosos empezaban a asomar, la quinta detonación en la sien de aquel hombre les hizo desistir y les recordaba que, yo aún estaba allí.
Por suerte aquel desgraciado no me había salpicado. Dando una calada salí como había entrado. El tintineo metálico me devolvió al plano donde estaba, pero allí ya no se oía nada, salvo el continuo monólogo de la tele, un filete quemándose en la plancha y un sollozo mudo bajo la mesa de la entrada.
Guardé el arma cuando el tintineo metálico me despedía. Mientras caminaba me acabé de abrochar el abrigo y me dirigí cuesta abajo hacia el coche. Siempre me gustó caminar cuesta abajo, es como ir al sur.
Pasé de largo la calle donde tenía el coche y me dirigí directamente al segundo taxi. A las 23:51 estaba en el taxi y pasaba exactamente por la puerta del restaurante; el camarero, un cocinero y los cuatro clientes vivos esperaban histéricos en la puerta a que llegara la policía.
miércoles 12 de marzo de 2008
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4 comentarios:
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Café salvadoreño.........buenísimo y no es por poca modestia.
Esto es una manera diferente de escribir, nunca lei algo igual antes en tu blog. Me atrapaste de principio a fin.
Saludos, no te pierdas.
No he logrado entender el primer parrafo
Te busco después de mucho tiempo y ya ves, acabo en otro lugar también tuyo, pero nuevo. Eso sí, me encanta.
¿Te vienes a mi nuevo sitito? También lo estreno.
Un beso.
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