jueves, 24 de julio de 2008

La batalla de la gloria de los hombres I

Yo me empeñé en ver aquello.

Casi tuve que venderle mi alma al maestro cuando le dije que quería ir, para que me dejara ver lo que mas deseaba. Una batalla.

Dos días antes, mi maestro amaneció mas callado que de costumbre. Sin que mi compañía pudiera sacarle más que unos leves movimientos de cabeza o unos “ajam” casi mudos. Casi a media mañana se paró, oteó el horizonte, se acarició la larga barba gris y me dijo: “Sube a aquellos pinos y escóndete hasta que yo aparezca. No salgas, no comas. Sólo permanece allí sin moverte, que ni el viento sepa que estas ahí”

La orden me cayó de sorpresa mientras yo imaginaba un pastel de manzana, tan grande cómo el que vi en la ventana de la casa de un mercader de pieles en Villa Cubil, la ciudad al otro lado del río. Sólo acerté a preguntar- ¿por qué?-, y la respuesta no fue menos sorprendente. En otros momentos hubiera sido una mirada fría como el acero o un buen tirón de la patilla o incluso seguir por donde iba sin pararse a pensar en una respuesta. Pero aquel día se agachó, enfocó sus ojos color canela a los míos y me dijo:

- ¿Que te dice este silencio?

Sin pararme a pensar un segundo, con mis ojos fijos en los suyos, centre toda mi atención en los oídos. Ya había aprendido a sentir la lluvia y las épocas de celo de los animales por lo que decía el silencio, así que me paré y escuché. Un escalofrío recorrió mi espalda, siempre había escuchado algo aunque no supiera expresarlo en palabras, pero allí sólo escuche… nada. Ni el susurro de las plantas, ni el mover intrépido de los animales… nada

- Nada, sire - dije casi dudando de mi respuesta.

Poniendo su mano derecha sobre mi hombro derecho me dijo: “Recuerda esa nada, porque sólo la provocan dos cosas. Una devastación o una masa ingente de humanos marcados por la tristeza y la ruina. ¿Notas la huida de la vida del lugar, ha llovido o hueles a humo?”

- No.

- Entonces sube allí y espérame.

Con todo el sigilo que permitía la velocidad con la quería moverme, me encaminé hacia aquel punto. Rocoso, bajo altos pinos reales, sin apenas vistas y de complicado acceso. Un nido improvisado que mantendría al pollito fuera del alcance, que reducía la casualidad de encontrarme con alguien a casi lo imposible.

Llegué sudando y jadeando. Tras encontrar mi escondite perfecto y recobrar el aliento recapacité sobre la situación. Mi Maestro nunca me ocultaba de los quehaceres cotidianos ni las dificultades que se presentaban, sólo en casos excepcionales me apartaba. Si la devastación no producía aquel silencio, mucho más nítido y terrorífico, ahora que era consciente de él, sólo la masa de humanos podía hacerlo.
A pesar de mi corta edad, creo que unas 11 primaveras ya era consciente del poderío de los humanos. Animal entre animales, capaz de las obras mas increíbles y las pesadillas mas oscuras. Capaz de curar, amar, reír y bailar; a la vez que matar, humillar, destruir y abandonar.

Recuerdo cuando llegamos a estas tierras de occidente, aquí donde el sol muere y la tierra da paso a un eterno mar; o eso creía en aquellos entonces, había una gran fiesta. Los habitantes de aquel lugar celebraban en los márgenes del río, la fiesta de la llegada de la primavera, o de la diosa Argmis como ellos la llamaban. Allí habría reunidos miles de personas, a mis entonces ojos de niño. Pero aquello no calló el jolgorio de la vida del bosque que continuaba, más contenta aquel día, imparable hacia delante. Como si la felicidad que se respiraba entre aquellas gentes inundara los alrededores de vivos colores primaverales. Pero aquel silencio… no podría significar más que lo opuesto, tristeza y miseria, hambre y llanto… siempre fieles emisarios de la guerra

Lejos de apagarme el ánimo aquello me provocó una excitación inusual. Como en la noche en la que la luz vence a la oscuridad y el victorioso Sol te da un regalo cuando aparece en el horizonte por la mañana. Siempre trataba de esperar despierto para ver como se materializaba aquella sorpresa, pero siempre sucumbía a mi intento y al menor parpadeo; aunque fueran realmente minutos de sueño, aparecía la sorpresa atizando mas el misterio de aquello.

Mi delirante imaginación voló libre y como si viera el futuro imaginé la batalla que se avecinaba. Sin saber que en apenas un día, por desgracia, ya nunca tendría que imaginar ninguna. Sólo recordarla.

Pasé más de medio día metido en aquel boquete que formaban dos rocas y unas zarzas. Cuando el Sol empezaba a declinar un ruido casi mudo me sacó de mi aburrimiento acelerando mi corazón. Despacio y casi sin darme cuenta. Me vi agazapado, con la mirada fija en el hueco que daba paso a mi madriguera, con el cuchillo de desollar preparado en la mano y la mente en blanco, para que nada me cogiera por sorpresa…

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