Casi milenios pasaron antes de sobreponernos al verde esperanza. Fue un camino agrio, lleno de subidas empinadas y bajadas sin frenos. Al final la llave que ponía en funcionamiento los mandos de mi nueva nave estaba más a la vista de lo que pareció en un primer momento.
Una vez gobernada, mucho más suelta y suave la embarcación. Todo parecía ser un apacible domingo de primavera. Empujado por la brisa de poniente en un lánguido y cristalino lago
Durante un tiempo los días no pasaban. Desfilaban orgullosos ante mis ojos como los hijos de la patria que vuelven tras haber dejado el pabellón bien alto. Las neblinas matinales eran mucho más escasas y empezaba a divisarse unos horizontes nuevos, llenos de naranjas, amarillos, ocres y castaños. Calidos y suaves como los abrazos de esa mujer que te aplasta contra su pecho sedoso y acogedor, aunque sólo sea por dinero.
Como realmente no vemos más que lo que la luz nos muestra y a mi empezaba a iluminarme de diferente forma, comencé a percibir otros colores. Mosaicos llenos de ellos, sólo tenía que abrir los ojos para verlos a millones. Rojos pasionales, azules intensos, incluso verdes de otras tonalidades me acompañaban, entretenían y cobijaban aquellos días. Hasta que el tiempo hizo de las suyas, y la costumbre; estandarte de cambios inminentes, me hizo percatarme de algunos detalles. Sitios de donde parecía que nacían los colores, blancos trepidantes y envolventes que mostraban todo su ser en cuestión de segundos, planos, inertes… y aburridos. Pero como no hay uno sin dos, también había zonas donde parecía que acababan los colores. Sitios donde estos se colaban y permanecían allí, no se sabe por cuanto ni como. Ese color negro llamo mi atención. Por más que me esforzaba no se veía nada, ni donde estaban los colores ni que era aquello que permanecía allí, en apariencia quieto e inmutable sobre lo que parecía girar todo.
Siempre fui consciente cuando estaba presente, pero no siempre sabía donde estaba. ¿Lo notaba a mi alrededor o dentro de mi?, sinceramente no sabría decirlo exactamente. De vez en cuando aparecía entre aquella ensalada de colores, y trataba de radiografiarlo en una mirada. Esperé el momento que mis capacidades podían preparar pero fue en vano, así que recurrí a lo que se suele hacer a la desesperada; una valerosa carga y que dios nos coja confesaos. La treta pareció funcionar y ya pude ver el negro que me intrigaba de cerca, más a menudo, acentuando eso mi curiosidad al no descubrir, día tras día, nada.
Me perdía y flotaba en su inmensidad, pasaba horas recreándome en su encanto y misterio. Al ir comprendiéndolo, fui encontrando el camino que me llevaba al origen de aquel magnífico color. Cuando creía encontrar el rastro al núcleo de aquello, este serpenteaba, giraba y retorcía hasta llevarme de nuevo al origen. Dejándome siempre con la miel en los labios y una desconcertante melodía de despedida.
La intriga… ¡Ay! la intriga. Tan maravillosa y dulce como el beso que no sabe que le persigue un adiós. El motor que me impulsaba a seguir escudriñando aquella magna inmensidad que tenía atrapado mi seso. Refrescándome sensaciones que hacía muchas lunas me acompañaban. Las mismas que se encontraban sumidas en un sueño tan profundo, que parecían estar muertas.
Pero como la noche sigue al día y como ya he dicho, la costumbre trae cambios. El laberinto en que se había convertido mi camino ya no parecía tan extraño y comencé a distinguir las señales que marcaban el sendero hacía lo que andaba buscando. Marcas casi imperceptibles que la tristeza había estado borrando.
Estudiando lo que quedaba de las marcas, e improvisando a tramos, fui descubriendo el camino y recorriéndolo paso a paso. Entre fangos de complejos, cruces de miedo y hechos de vértigo, iba asimilando aquello. Comprendiendo que lo que me dificultaba el paso era parte del enigma que me llevaría al otro lado.
He de reconocer que a veces, ya fuese por el cansancio o el ánimo que te da lo nuevo, creí ver a lo lejos la meta y lo que encontraría dentro. Sólo el recuerdo de una visión borrosa de lo que escondía este increíble color negro, era suficiente para convencerme y ponerme a caminar de nuevo.
Así seguía el rastro, arriba y abajo, con ánimo, cansancio, realidad y encanto. Un día tras otro, rato a rato sin preguntarme más que… ¿estará a un par de pasos?
- ¡Ja, ja!- no puedo reprimir una carcajada al verme. Estoy aquí, caminando hacia delante, arriba y abajo, como siempre, arriba y abajo. Como antes de descubrir los colores y que el camino fuera llano. Preguntándome si lo que quedará de camino será más largo que lo que ya he andado.
Aunque no estoy seguro, mis pies siguen hacia delante, cruzando ríos crecidos, barrizales. Desiertos infinitos con soles aplastantes. Y cada vez veo más cerca aquello que creí ver por unos instantes. Por ahora sólo tengo que cerrar los ojos y ver que lo que gurda la negrura es el negro azabache.
Otra sonrisa alimenta mi alma… “maldito negro azabache”, tenías que ser tú.
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2 comentarios:
Ni te imaginas lo q he disfrutado con tu relato!!!! no solo por su contenido,sino tb por comprobar q estas tan bien q han resurgido tus ganas de escribir!!!!
Me tenia preocupada tanto silencio.
Besos desde Arenys
Lo importante es que los pies sigan adelante, a pesar de los barrizales y de desiertos infinitos...
Un buen texto, posiblemente tengas razón y sea máldito el negro azabache pero tu manera de contarlo es brillante.
Un saludo
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