… una sombra huidiza cegó la luz de la entrada por un parpadeo. Apreté con firmeza la empuñadura de mi cuchillo, pero nada parecía moverse ahí fuera. La quietud del atardecer, la palidez de sus colores, sólo el adiós suave y calido que nos brindaba el sol a diario.
Saqué un poco el cuerpo para ver tras las zarzas que ocultaban la entrada. Un ¡crack!, seco y escueto me previno sobre mi diestra. Moviéndome casi al mismo ritmo que crecía aquella zarza, me giré y volví a ver aquella sombra por un momento dibujada en el enorme tronco de aquellos pinos ancestrales como se movía tras las rocas que me cobijaban. Despacio me incorporé y sin más ruido que el que hace un grano de arena al chocar con otro, miré por encima de la roca.
Entonces aquella sombra, porque no me dio tiempo a ver más de ella, se había movido a mi espalda, me cogió del pelo y tiro de mi cabeza hacia atrás… Creo que no pensé nada, sólo dejé mi cuerpo caer al suelo arqueando las piernas a la vez que giraba y lo encaraba. Solté una cuchillada al hueco que ocupaba la sombra a la vez que sentía un dolor, como causado por fuego en la cabeza por donde me tenían agarrado.
Mi cuchillada no cortó el aire sino un trozo de la capa de mi enemigo, y hubiera encontrado carne sino hubiera sido por su movimiento defensivo que lo obligó a soltarme. Lancé una segunda cuchillada, al ahora bien definido bulto, pero esta no logró nada. La figura me agarró la mano y me obligó a mirarle la cara con la otra amarrándome del cuello.
- ¡Yarik! - y aquello fue suficiente para reconocer a quien hubiera querido matar hacía solo un momento, mi maestro. Cuando se cercioró que lo reconocía me soltó, retrocedió un paso, se acarició la manta de tela gruesa y marrón, arqueó un ceja, sonrió y dijo - Esto es tuyo, quedamos en paz- Me alargó lo que fue un mechón de pelo de mi cabeza y con una medio mueca me hizo un gesto para que lo siguiera...
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