Yo me empeñé en ver aquello.
Casi tuve que venderle mi alma al maestro cuando le dije que quería ir, para que me dejara ver lo que mas deseaba. Una batalla.
Dos días antes, mi maestro amaneció mas callado que de costumbre. Sin que mi compañía pudiera sacarle más que unos leves movimientos de cabeza o unos “ajam” casi mudos. Casi a media mañana se paró, oteó el horizonte, se acarició la larga barba gris y me dijo: “Sube a aquellos pinos y escóndete hasta que yo aparezca. No salgas, no comas. Sólo permanece allí sin moverte, que ni el viento sepa que estas ahí”
La orden me cayó de sorpresa mientras yo imaginaba un pastel de manzana, tan grande cómo el que vi en la ventana de la casa de un mercader de pieles en Villa Cubil, la ciudad al otro lado del río. Sólo acerté a preguntar- ¿por qué?-, y la respuesta no fue menos sorprendente. En otros momentos hubiera sido una mirada fría como el acero o un buen tirón de la patilla o incluso seguir por donde iba sin pararse a pensar en una respuesta. Pero aquel día se agachó, enfocó sus ojos color canela a los míos y me dijo:
- ¿Que te dice este silencio?
Sin pararme a pensar un segundo, con mis ojos fijos en los suyos, centre toda mi atención en los oídos. Ya había aprendido a sentir la lluvia y las épocas de celo de los animales por lo que decía el silencio, así que me paré y escuché. Un escalofrío recorrió mi espalda, siempre había escuchado algo aunque no supiera expresarlo en palabras, pero allí sólo escuche… nada. Ni el susurro de las plantas, ni el mover intrépido de los animales… nada
- Nada, sire - dije casi dudando de mi respuesta.
Poniendo su mano derecha sobre mi hombro derecho me dijo: “Recuerda esa nada, porque sólo la provocan dos cosas. Una devastación o una masa ingente de humanos marcados por la tristeza y la ruina. ¿Notas la huida de la vida del lugar, ha llovido o hueles a humo?”
- No.
- Entonces sube allí y espérame.
Con todo el sigilo que permitía la velocidad con la quería moverme, me encaminé hacia aquel punto. Rocoso, bajo altos pinos reales, sin apenas vistas y de complicado acceso. Un nido improvisado que mantendría al pollito fuera del alcance, que reducía la casualidad de encontrarme con alguien a casi lo imposible.
Llegué sudando y jadeando. Tras encontrar mi escondite perfecto y recobrar el aliento recapacité sobre la situación. Mi Maestro nunca me ocultaba de los quehaceres cotidianos ni las dificultades que se presentaban, sólo en casos excepcionales me apartaba. Si la devastación no producía aquel silencio, mucho más nítido y terrorífico, ahora que era consciente de él, sólo la masa de humanos podía hacerlo.
A pesar de mi corta edad, creo que unas 11 primaveras ya era consciente del poderío de los humanos. Animal entre animales, capaz de las obras mas increíbles y las pesadillas mas oscuras. Capaz de curar, amar, reír y bailar; a la vez que matar, humillar, destruir y abandonar.
Recuerdo cuando llegamos a estas tierras de occidente, aquí donde el sol muere y la tierra da paso a un eterno mar; o eso creía en aquellos entonces, había una gran fiesta. Los habitantes de aquel lugar celebraban en los márgenes del río, la fiesta de la llegada de la primavera, o de la diosa Argmis como ellos la llamaban. Allí habría reunidos miles de personas, a mis entonces ojos de niño. Pero aquello no calló el jolgorio de la vida del bosque que continuaba, más contenta aquel día, imparable hacia delante. Como si la felicidad que se respiraba entre aquellas gentes inundara los alrededores de vivos colores primaverales. Pero aquel silencio… no podría significar más que lo opuesto, tristeza y miseria, hambre y llanto… siempre fieles emisarios de la guerra
Lejos de apagarme el ánimo aquello me provocó una excitación inusual. Como en la noche en la que la luz vence a la oscuridad y el victorioso Sol te da un regalo cuando aparece en el horizonte por la mañana. Siempre trataba de esperar despierto para ver como se materializaba aquella sorpresa, pero siempre sucumbía a mi intento y al menor parpadeo; aunque fueran realmente minutos de sueño, aparecía la sorpresa atizando mas el misterio de aquello.
Mi delirante imaginación voló libre y como si viera el futuro imaginé la batalla que se avecinaba. Sin saber que en apenas un día, por desgracia, ya nunca tendría que imaginar ninguna. Sólo recordarla.
Pasé más de medio día metido en aquel boquete que formaban dos rocas y unas zarzas. Cuando el Sol empezaba a declinar un ruido casi mudo me sacó de mi aburrimiento acelerando mi corazón. Despacio y casi sin darme cuenta. Me vi agazapado, con la mirada fija en el hueco que daba paso a mi madriguera, con el cuchillo de desollar preparado en la mano y la mente en blanco, para que nada me cogiera por sorpresa…
jueves, 24 de julio de 2008
La batalla de la gloria de los hombres I
viernes, 11 de julio de 2008
Maldito Negro Azabache
Casi milenios pasaron antes de sobreponernos al verde esperanza. Fue un camino agrio, lleno de subidas empinadas y bajadas sin frenos. Al final la llave que ponía en funcionamiento los mandos de mi nueva nave estaba más a la vista de lo que pareció en un primer momento.
Una vez gobernada, mucho más suelta y suave la embarcación. Todo parecía ser un apacible domingo de primavera. Empujado por la brisa de poniente en un lánguido y cristalino lago
Durante un tiempo los días no pasaban. Desfilaban orgullosos ante mis ojos como los hijos de la patria que vuelven tras haber dejado el pabellón bien alto. Las neblinas matinales eran mucho más escasas y empezaba a divisarse unos horizontes nuevos, llenos de naranjas, amarillos, ocres y castaños. Calidos y suaves como los abrazos de esa mujer que te aplasta contra su pecho sedoso y acogedor, aunque sólo sea por dinero.
Como realmente no vemos más que lo que la luz nos muestra y a mi empezaba a iluminarme de diferente forma, comencé a percibir otros colores. Mosaicos llenos de ellos, sólo tenía que abrir los ojos para verlos a millones. Rojos pasionales, azules intensos, incluso verdes de otras tonalidades me acompañaban, entretenían y cobijaban aquellos días. Hasta que el tiempo hizo de las suyas, y la costumbre; estandarte de cambios inminentes, me hizo percatarme de algunos detalles. Sitios de donde parecía que nacían los colores, blancos trepidantes y envolventes que mostraban todo su ser en cuestión de segundos, planos, inertes… y aburridos. Pero como no hay uno sin dos, también había zonas donde parecía que acababan los colores. Sitios donde estos se colaban y permanecían allí, no se sabe por cuanto ni como. Ese color negro llamo mi atención. Por más que me esforzaba no se veía nada, ni donde estaban los colores ni que era aquello que permanecía allí, en apariencia quieto e inmutable sobre lo que parecía girar todo.
Siempre fui consciente cuando estaba presente, pero no siempre sabía donde estaba. ¿Lo notaba a mi alrededor o dentro de mi?, sinceramente no sabría decirlo exactamente. De vez en cuando aparecía entre aquella ensalada de colores, y trataba de radiografiarlo en una mirada. Esperé el momento que mis capacidades podían preparar pero fue en vano, así que recurrí a lo que se suele hacer a la desesperada; una valerosa carga y que dios nos coja confesaos. La treta pareció funcionar y ya pude ver el negro que me intrigaba de cerca, más a menudo, acentuando eso mi curiosidad al no descubrir, día tras día, nada.
Me perdía y flotaba en su inmensidad, pasaba horas recreándome en su encanto y misterio. Al ir comprendiéndolo, fui encontrando el camino que me llevaba al origen de aquel magnífico color. Cuando creía encontrar el rastro al núcleo de aquello, este serpenteaba, giraba y retorcía hasta llevarme de nuevo al origen. Dejándome siempre con la miel en los labios y una desconcertante melodía de despedida.
La intriga… ¡Ay! la intriga. Tan maravillosa y dulce como el beso que no sabe que le persigue un adiós. El motor que me impulsaba a seguir escudriñando aquella magna inmensidad que tenía atrapado mi seso. Refrescándome sensaciones que hacía muchas lunas me acompañaban. Las mismas que se encontraban sumidas en un sueño tan profundo, que parecían estar muertas.
Pero como la noche sigue al día y como ya he dicho, la costumbre trae cambios. El laberinto en que se había convertido mi camino ya no parecía tan extraño y comencé a distinguir las señales que marcaban el sendero hacía lo que andaba buscando. Marcas casi imperceptibles que la tristeza había estado borrando.
Estudiando lo que quedaba de las marcas, e improvisando a tramos, fui descubriendo el camino y recorriéndolo paso a paso. Entre fangos de complejos, cruces de miedo y hechos de vértigo, iba asimilando aquello. Comprendiendo que lo que me dificultaba el paso era parte del enigma que me llevaría al otro lado.
He de reconocer que a veces, ya fuese por el cansancio o el ánimo que te da lo nuevo, creí ver a lo lejos la meta y lo que encontraría dentro. Sólo el recuerdo de una visión borrosa de lo que escondía este increíble color negro, era suficiente para convencerme y ponerme a caminar de nuevo.
Así seguía el rastro, arriba y abajo, con ánimo, cansancio, realidad y encanto. Un día tras otro, rato a rato sin preguntarme más que… ¿estará a un par de pasos?
- ¡Ja, ja!- no puedo reprimir una carcajada al verme. Estoy aquí, caminando hacia delante, arriba y abajo, como siempre, arriba y abajo. Como antes de descubrir los colores y que el camino fuera llano. Preguntándome si lo que quedará de camino será más largo que lo que ya he andado.
Aunque no estoy seguro, mis pies siguen hacia delante, cruzando ríos crecidos, barrizales. Desiertos infinitos con soles aplastantes. Y cada vez veo más cerca aquello que creí ver por unos instantes. Por ahora sólo tengo que cerrar los ojos y ver que lo que gurda la negrura es el negro azabache.
Otra sonrisa alimenta mi alma… “maldito negro azabache”, tenías que ser tú.
Una vez gobernada, mucho más suelta y suave la embarcación. Todo parecía ser un apacible domingo de primavera. Empujado por la brisa de poniente en un lánguido y cristalino lago
Durante un tiempo los días no pasaban. Desfilaban orgullosos ante mis ojos como los hijos de la patria que vuelven tras haber dejado el pabellón bien alto. Las neblinas matinales eran mucho más escasas y empezaba a divisarse unos horizontes nuevos, llenos de naranjas, amarillos, ocres y castaños. Calidos y suaves como los abrazos de esa mujer que te aplasta contra su pecho sedoso y acogedor, aunque sólo sea por dinero.
Como realmente no vemos más que lo que la luz nos muestra y a mi empezaba a iluminarme de diferente forma, comencé a percibir otros colores. Mosaicos llenos de ellos, sólo tenía que abrir los ojos para verlos a millones. Rojos pasionales, azules intensos, incluso verdes de otras tonalidades me acompañaban, entretenían y cobijaban aquellos días. Hasta que el tiempo hizo de las suyas, y la costumbre; estandarte de cambios inminentes, me hizo percatarme de algunos detalles. Sitios de donde parecía que nacían los colores, blancos trepidantes y envolventes que mostraban todo su ser en cuestión de segundos, planos, inertes… y aburridos. Pero como no hay uno sin dos, también había zonas donde parecía que acababan los colores. Sitios donde estos se colaban y permanecían allí, no se sabe por cuanto ni como. Ese color negro llamo mi atención. Por más que me esforzaba no se veía nada, ni donde estaban los colores ni que era aquello que permanecía allí, en apariencia quieto e inmutable sobre lo que parecía girar todo.
Siempre fui consciente cuando estaba presente, pero no siempre sabía donde estaba. ¿Lo notaba a mi alrededor o dentro de mi?, sinceramente no sabría decirlo exactamente. De vez en cuando aparecía entre aquella ensalada de colores, y trataba de radiografiarlo en una mirada. Esperé el momento que mis capacidades podían preparar pero fue en vano, así que recurrí a lo que se suele hacer a la desesperada; una valerosa carga y que dios nos coja confesaos. La treta pareció funcionar y ya pude ver el negro que me intrigaba de cerca, más a menudo, acentuando eso mi curiosidad al no descubrir, día tras día, nada.
Me perdía y flotaba en su inmensidad, pasaba horas recreándome en su encanto y misterio. Al ir comprendiéndolo, fui encontrando el camino que me llevaba al origen de aquel magnífico color. Cuando creía encontrar el rastro al núcleo de aquello, este serpenteaba, giraba y retorcía hasta llevarme de nuevo al origen. Dejándome siempre con la miel en los labios y una desconcertante melodía de despedida.
La intriga… ¡Ay! la intriga. Tan maravillosa y dulce como el beso que no sabe que le persigue un adiós. El motor que me impulsaba a seguir escudriñando aquella magna inmensidad que tenía atrapado mi seso. Refrescándome sensaciones que hacía muchas lunas me acompañaban. Las mismas que se encontraban sumidas en un sueño tan profundo, que parecían estar muertas.
Pero como la noche sigue al día y como ya he dicho, la costumbre trae cambios. El laberinto en que se había convertido mi camino ya no parecía tan extraño y comencé a distinguir las señales que marcaban el sendero hacía lo que andaba buscando. Marcas casi imperceptibles que la tristeza había estado borrando.
Estudiando lo que quedaba de las marcas, e improvisando a tramos, fui descubriendo el camino y recorriéndolo paso a paso. Entre fangos de complejos, cruces de miedo y hechos de vértigo, iba asimilando aquello. Comprendiendo que lo que me dificultaba el paso era parte del enigma que me llevaría al otro lado.
He de reconocer que a veces, ya fuese por el cansancio o el ánimo que te da lo nuevo, creí ver a lo lejos la meta y lo que encontraría dentro. Sólo el recuerdo de una visión borrosa de lo que escondía este increíble color negro, era suficiente para convencerme y ponerme a caminar de nuevo.
Así seguía el rastro, arriba y abajo, con ánimo, cansancio, realidad y encanto. Un día tras otro, rato a rato sin preguntarme más que… ¿estará a un par de pasos?
- ¡Ja, ja!- no puedo reprimir una carcajada al verme. Estoy aquí, caminando hacia delante, arriba y abajo, como siempre, arriba y abajo. Como antes de descubrir los colores y que el camino fuera llano. Preguntándome si lo que quedará de camino será más largo que lo que ya he andado.
Aunque no estoy seguro, mis pies siguen hacia delante, cruzando ríos crecidos, barrizales. Desiertos infinitos con soles aplastantes. Y cada vez veo más cerca aquello que creí ver por unos instantes. Por ahora sólo tengo que cerrar los ojos y ver que lo que gurda la negrura es el negro azabache.
Otra sonrisa alimenta mi alma… “maldito negro azabache”, tenías que ser tú.
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