El día se despertó halagüeño. El aún tímido sol, se frotaba los ojos cuando nosotros, entusiastas buscadores de lo desconocido, emprendimos el camino hacia las tierras del último gran rey moro… Mulay Hasan, desterrado a aquellos parajes por la soberbia demostrada al creer que se podía dejar la protección de la joya de Allah que es Granada, a favor de la soberbia, la estupidez y la ignorancia.
Una vez pertrechados, posicionados y preparados emprendimos el camino en una atmosfera cordial, jovial, entusiasta y animada. Tras preguntar a un par de lugareños y girar otras tantas veces en esquinas equivocadas, como micro presagio de lo que acontecería más tarde, cogimos el hilo al camino de subida; como heroicos, que a veces es símil de ignorantes, hijos de nuestras madres.
Ya al inicio, sin tiempo de responder, el Rey Moro atacó directo y contundentemente a nuestro estandarte, el coraje. Una tremenda subida, como si fuera el sendero directo a las mismas barbas de Yahvé, sembrada de roca viva inauguraba el camino. A pesar de la claridad del día y la perfecta temperatura que nos acariciaba, aquella cuesta -y la palabra “cuesta” nunca estuvo mejor empleada- nos transportó a unos momentos de nerviosismo, agotamiento, calor, desesperación, incomprensión y temor al pensar en aquello como única vía de subida, que casi te obligaba a prestar sólo atención al brillo depredador de las puntas de las rocas que cobijaba aquel suelo estéril, para que te quedara bien claro cuales te clavarías en cada paso.
Pero aquella brutal acometida a nuestra moral, no consiguió más que espolear nuestra cólera y mentalizarnos -lo que más tarde descubriríamos que en exceso- de que aquel camino sería todo sufrimiento. E incomprensiblemente seguimos adelante.
Abría el paso Ludo Vicús Albertus, más que por votación popular, por aplastante realidad. Era el único capaz de avanzar incansable, explorar, adentrarse en la infinidad de esos caminos y volver, con noticias frescas y una inagotable sonrisa, facilitándonos con ello la subida y la estancia. Era, más que seguido, perseguido por las dos valquirias y únicas representantes de la madre tierra que formaba nuestros grupo de exploración “la cruz de verano”, ya que éramos cuatro como los cuatro puntos que indica. Ellas subían incansables, como si el camino fuera plano, casi como mimetizadas en el entorno… sólo sus rostros demostraban lo costoso del camino, era lo único que atestiguaba la subida y solamente cuando no sonreían, que fueron las menos veces. Eran Marian, fiel heraldo de la estirpe que marcan sus rasgos, fuerte, suave, diligente y altanera, casi nativa de estas tierras; y en su mano a mano Ophélie, emisaria de lejanas tierras del norte, entre las frontera gala y germana, de elocuentes ojos verdes y piel blanca como el rocío de la mañana, siendo esto lo único que la separaba del espíritu íbero que demostró en la jornada. Yo cerraba la escuadra a distancia prudencial, ya fuera por mi tiempo de encierro en casa o catsa, o la necesidad de mi espíritu de afrontar aquellas cosas en soledad, o puede que ni una ni la otra o que todas a la vez, sólo recuerdo que la mayoría del tiempo disfrutaba cada parada y cada escalón.
Así fue como al superar la acometida y llegar donde conducía la subida, nos acordamos un par de veces más del sultán y de la madre que lo parió, y continuamos resueltos hacia delante. Animados ahora por la proyección casi horizontal del camino que se nos mostraba, mimados por las moreras que lo custodiaban e impresionados por los paisajes, que impertérritos, nos animaban a seguir adelante… y allí, en la lejanía, el rey moro se alzaba pletórico aun coronado por su corona de nubes, sueños y recuerdos.
Ya en grupo cerrado, entre bromas, risas, moras y refrescantes sombras seguimos hasta el río. Una construcción de otros tiempos y un pueblo muerto daban la bienvenida al cruce de caminos. Un lugar tranquilo, acunado para la eternidad por el susurro del río, la explosión de vegetación y la presencia invisible de la vida salvaje… allí consultamos el manuscrito que compramos en el tenderete de un comerciante genovés, hacía ya mucho días. El manuscrito andaba borroso cuando hablaba de esa parte del camino, así que con esa información, nuestra interpretación y una casi ausencia total de experiencia y orientación, escogimos el camino de la izquierda. Subimos una cuesta pronunciada durante unos cientos de metros hasta llegar a un punto sin salida, volvimos y gracias a una de las numerosas incursión de Albertus, seguimos avanzando durante unas dos horas, bajo un cielo azul y un Sol de justicia. El camino era tosco, empinado, brutal para nuestras capacidades, pero paso a paso, escalón tras escalón fue rindiéndose a nuestros pies o bajo ellos… según se mire.
Lo cierto es que cuando vencimos al camino, cuando este ya llaneaba y mostraba la cima del monte que subíamos, nos percatamos que aquél nos conducía al oeste cuando el norte era nuestra dirección. Así, que tras parar a descansar nuestras ya fatigadas piernas, reponernos con agua de la sierra, algo de comer y una visita fugaz al reino de Morfeo, decidimos rehacer el camino. Desandar todo lo conseguido y empezar de cero, con las piernas ya agotadas, las ropas empapadas y el corazón pletórico de armonía y energía.
Nos costó una hora volver a donde los caminos se juntaban, y allí volvimos a intentar descifrar lo que nuestro pergamino guardaba. Éramos conscientes que nuestras fuerzas ya flaqueaban, que el sol ya bajaba y que otro error podría dar al traste nuestra incursión en aquellas inhóspitas tierras, donde el viejo rey moro nos aguardaba.
Desciframos de nuestra guía, que siempre teníamos que seguir al río que nos guiaría hasta donde íbamos y así lo hicimos, bajamos tremenda pendiente, entre zarzas, matorral y moscas… millones de ellas que ya no nos abandonarían hasta la vuelta. Llegamos donde el río corre libre y tras unos pocos metros nos topamos con una pared infranqueable de vegetación, piedras y desespero.
El animó calló y ya planes para una “retirada estratégica” empezaban a formar parte de nuestras conversaciones, pero como poseídos por el espíritu que llevo a España a dominar el mundo volvimos hasta el principio y lo intentamos una vez más, por el ultimo camino que nos quedaba por explorar.
Maldito Mulay… nos la jugó bien. El último sendero, porque no es que se llamara camino, que exploramos era siniestro. Parecía la definición exacta de “camino de fuerte pendiente” y penosamente subimos, más que paso a paso lo hicimos con los ojos de la cara.
En una de las últimas curvas de esa macabra subida, y con el sol ya resbalando por el cielo, paramos a deliberar nuestra situación. Apenas sin agua, sin saber si era el camino correcto, y con la noche ya amenazando… decidimos aplazar la subida hasta que supiéramos exactamente el camino y así acometer en una jornada la subida a las barbas del que cedió Granada por nada.
Derrotados, agotados pero contentos… emprendimos el camino de vuelta. Allí encontramos dos montañeros, como por arte de magia y nos facilitaron el camino de subida y un ¡mapa!, benditos aquellos Ángeles de la guarda.
Cuando el Sol casi había muerto llegamos al pueblo. Allí estudiamos el mapa y vimos todo lo que habíamos hecho. Subimos lo equivalente al peor tramo del camino a la cima tres veces y comparamos la información de aquel mapa con nuestro pergamino… fue entonces, cuando nos dimos cuenta de la primera frase de la guía que nos había llevado… “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”… una risa profunda y cansada nos abrazó a todos, y ahora que conocíamos el camino juramos volver y destronar la última morada del penúltimo rey moro… Mulay Hasen.
El fin del día nos regalo un bonito atardecer, una velada de risas, historias galas y una cena abundante en la falda de una montaña de esta Alpujarra.
martes 23 de septiembre de 2008
sábado 6 de septiembre de 2008
La batalla de la gloria de los hombres II
… una sombra huidiza cegó la luz de la entrada por un parpadeo. Apreté con firmeza la empuñadura de mi cuchillo, pero nada parecía moverse ahí fuera. La quietud del atardecer, la palidez de sus colores, sólo el adiós suave y calido que nos brindaba el sol a diario.
Saqué un poco el cuerpo para ver tras las zarzas que ocultaban la entrada. Un ¡crack!, seco y escueto me previno sobre mi diestra. Moviéndome casi al mismo ritmo que crecía aquella zarza, me giré y volví a ver aquella sombra por un momento dibujada en el enorme tronco de aquellos pinos ancestrales como se movía tras las rocas que me cobijaban. Despacio me incorporé y sin más ruido que el que hace un grano de arena al chocar con otro, miré por encima de la roca.
Entonces aquella sombra, porque no me dio tiempo a ver más de ella, se había movido a mi espalda, me cogió del pelo y tiro de mi cabeza hacia atrás… Creo que no pensé nada, sólo dejé mi cuerpo caer al suelo arqueando las piernas a la vez que giraba y lo encaraba. Solté una cuchillada al hueco que ocupaba la sombra a la vez que sentía un dolor, como causado por fuego en la cabeza por donde me tenían agarrado.
Mi cuchillada no cortó el aire sino un trozo de la capa de mi enemigo, y hubiera encontrado carne sino hubiera sido por su movimiento defensivo que lo obligó a soltarme. Lancé una segunda cuchillada, al ahora bien definido bulto, pero esta no logró nada. La figura me agarró la mano y me obligó a mirarle la cara con la otra amarrándome del cuello.
- ¡Yarik! - y aquello fue suficiente para reconocer a quien hubiera querido matar hacía solo un momento, mi maestro. Cuando se cercioró que lo reconocía me soltó, retrocedió un paso, se acarició la manta de tela gruesa y marrón, arqueó un ceja, sonrió y dijo - Esto es tuyo, quedamos en paz- Me alargó lo que fue un mechón de pelo de mi cabeza y con una medio mueca me hizo un gesto para que lo siguiera...
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