jueves 25 de diciembre de 2008

Envidia


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Subí arriba, lo más arriba que se podía, arriba de la duna. Tras sentir la bienvenida y la palmadita en la espalda de la caricia del viento de la cumbre, apoyé las palmas en las rodillas y cuando pasó el ultimo intento de recuperar el aliento en vano, levanté la cabeza y vi lo que aquella inmortal duna guardaba; el tesoro de su existencia, la simbiosis misma de paradigma y enigma encarnada en un mar turquesa bañado en oro de tenues movimientos como cuando te acaricio cuello, cara y labios.

Cuando por fin respiré y disfrute del regalo que me brindaba aquella dama altanera; duna de arena fina, que se oponía al viento altiva, al mismo que amaba y odiaba, ante el que se consumía. Me senté y envidié aquella vista.


Esa palabra saltó a mi mente, como cuando salta la rana al estanque sin motivo aparente, “...envidia, envidia, envidia...”


Envidia, ¿que es la envidia? ... y tal y como adoctrinó Sócrates me pareció oportuno empezar por la definición... “sentir tristeza por el bien ajeno”... y lo descubierto me dejó helado.


Así que siento tristeza por el bien ajeno de los pintores, músicos, escritores, de las personas que decoran un mundo gris envuelto en sombras. De las personas que vuelven inolvidables recuerdos tenues que sobreviven gracias a la luz débil de una vela.


Siempre he dicho que sentía envidia de esas personas que viven hoy y miran de reojo a mañana. De aventureros, bohemios y vagabundos. Siempre creí que era eso lo que sentía de los que salen, escapan, nacen fuera o los que hacen que los que se aclimatan a vivir dentro del redil sean un poco más felices, incluso de estos últimos, envidia.


Envidia.


Pero como el cuadrado que no encaja en el hueco dejado por el círculo, sin mirar a Vitruvio, aquella síntesis de aquel sentimiento no entraba y busqué una pieza más acorde.
Allí estaba, bajo la cama, esperando ser encontrada. Encarnada en una palabra que ceñía aquel sentimiento en un abrazo sereno, pausado y profundo; como cuando te encuentro después de un tiempo y te meto entre mis brazos, soñando, sintiendo, amando.


Por suerte o desgracia, donde dije envidia pude haber dicho endivia. Así que derroqué semejante sentimiento inhumano de un plumazo: “... no eres tu quien mejor me sirve, no eres tu el heraldo de mi limitación. Porque entristecerse con el bien ajeno es cobarde, miserable e infecundo, y no forman parte de mi lista de adjetivos, ¡voto a Dios que no!


Así fue como tras afianzar el recuerdo de aquel panorama, que con tanto celo guardaba aquella dama. Encaminé mis pasos hacia el plano donde estaba, y digo “estaba” porque nuca volveré a él, nunca volveré a sentir envidia de los pintores, músicos, escritores. De las personas que decoran un mundo gris envuelto en sombras. De las personas que vuelven inolvidables recuerdos tenues que sobreviven gracias a la débil luz de una vela. De esas personas que viven hoy y miran de reojo al mañana. De aventureros, bohemios y vagabundos. De los que salen, escapan, nacen fuera o los que hacen que los que se aclimatan a vivir dentro del redil sean un poco más felices, ni incluso de estos últimos.


Un paso llevo al otro y mi cuerpo empezó el descenso. El viento ahora me despedía, acariciándome el pelo, el sol me imbuía y aquel viejo mar me sacaba de su ensueño. En la cima de aquella Duna abandoné mi envidia, sintiéndome más libre, sano y con alegría. Mi alma estaba un poco más blanca y mis pies se hundían menos en la arena.


Giré mi vista hacia la duna que ahora parecía dormida, me agaché y acaricié los granitos de arena fina como cuando acaricio tus labios antes del beso de despedida- Gracias Duna mía, ahora se que por ti pasaba mi camino, y en el queda mi envidia. A ti te guardo en mi corazón, dama mía, junto a mi ilusión y mi admiración, ahora para siempre, amada mía.

lunes 1 de diciembre de 2008

A tu lado...


Veo tu figura perderse en lo recóndito de la multitud... y no me muevo. El río de almas fecundas que pululan sin parar, a izquierda, derecha, de frente o espaldas al mar, te sumerge en un abismo de siniestra oscuridad.

Calla, no hables. No rompas esta tranquilidad. Aunque sabes que me muero por amar... y si amo muero... y sino, no puedo estar.

Aroma por rosas soñado. Susurro de pelo blanco. Deseo de color sepia. Arrugado. Aburrido. Casi olvidado. Pensar que hoy no es el día ni lo será, ni mañana cuando cante el gallo, ni pasado, ni el que vendrá. Ninguno de ellos oirán, los ecos del amor enamorado que se muere por amar.

Tu mientras esperando la canción del verano; cálida, suave, tierna, enérgica, soberana, gobernante. Sentada en una roca, observando sin mirar lo que sucede alrededor en un momento en el que el tiempo no es nada y las miradas sólo eso son. En tu isla desierta con sentimiento de tierra de genios, rodeada por un iracundo mar, sollozas risas de tristezas y pataleas el agua del mar tratando de cambiar la isla de lugar.



A un tiempo en el horizonte, ataviado de un cascaron que una vez fue barco, circundando las costas de tu paraíso amurallado. Como un pirata orgulloso y arrepentido; paciente, diestro, vencedor y vencido, tullido, peligroso y desarmado, doy vueltas embelesado con el momento en que se encienda la pila de madera y como faro improvisado. Me guíe a puerto, a tu lado.

¿Después? Quizás quemar el barco o zarpar hacia otros lares. Dormir en la calle o pagar por algo que no lo vale. Compartir noches de velas o desayunos con diamantes, llantos de sirenas o la pena de la Magdalena. Nada importa si cuanto necesitas está a tu lado, junto a ti... abrazado.