Yo me levanto a unos minutos de la mitad del día. Para entonces el Sol ya esta entero, fuerte y repleto de energía. Le doy como puedo los buenos días. Me desplazo hasta la cocina y busco ese tarro moreno que hace las funciones de desfilibrador domestico. Solo cuando su néctar acaricia mis labios adormecidos es cuando me percato de lo que esperaba enseñarme este astro amigo.Una mañana agradable más que alegre, sinuosa y tierna; rebosantes de luces como sonrisas, de sonidos cálidos, de latidos rítmicos de mi corazón perturbado, de esas caricias que te desarman, de esos deseos que se besan y se callan... una de esas mañanas, en las que una sonrisa es la dueña y señora de mi cara.
Cuando ya he disfrutado más de media taza, del manjar mencionado, y una vez comprobado que aquella mañana era distinta, sin llegar a decir rara; y yo allí con esta sonrisa tirana, implantada en mi cara. Volví para ver como estaba la mañana de puertas para dentro en mi, ya no tan humilde, morada.
Mis pies ya hacen bien aquello para lo que han sido diseñados, moverse uno tras otro, paso a paso. Sin remedio, ni disimulo voy casi guiado por el invisible zumbido radioactivo que emite el trocito del dios Mercurio que todos tenemos en nuestras vidas. El mismo que deje anoche en el salón, aburrido de esperar, junto a un cenicero a rebosar; motivo por el que me he perdido esta mañana linda, y lista para vivir y recordar. El colofón de la presentación de un día soñado, llega a su fin y tiene al público embelesado, deseando que ponga The End para ponerse en pie y hacer que todo estalle en los aplausos.
Cojo el aparatito, lo deslizo con ternura, sensualidad y tacto; y mis pupilas corren como perros adiestrados, para encontrar las palabras que espero. Las que no se lleva el viento, esas que están fuera del espacio y del tiempo, las que deseo, quiero y anhelo...
En vez de eso encuentro unas sonrisas inocentes y juguetonas, blancas, lejanas, puras y sin miedo. Son las sonrisas de los ángeles; y me recuerdan que el paraíso para todos... no está abierto.
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