sábado, 29 de agosto de 2009

No vienen... porque nunca se han ido

Vienen mientras me ducho... voces que me cuentan historias y relatos asombrosos. Susurros que me acompañan en el trayecto hacia la isla de Morfeo. Palabras que se conocen, encajan y bailan danzas de eternidad en mi cabeza, mientras veo la tele, leo un libro. Cuando voy a pagar en el supermercado, mientras cuento las monedas, ráfagas de luz despiertan mis neuronas, sacando en unos instantes, montones de combinaciones de colores y formas extravagantes, convirtiendo los sonidos en letras que juguetean entre ellas volviéndose poemas. Que se meten entre mis dedos y desvanecen como la niebla, colándose por las rendijas de una puerta.

Dejadme en paz.
Quiero estar solo.
No pensar en nada.
No recordar aquel momento.
No sentir frió, gozo,
ansiedad ni miedo.
Me tumbo en el suelo del salón...
y hago como que estoy muerto.

Me aburro. El suelo está duro, y la muerte es fría y larga. Abro los ojos y estoy en mitad del salón, como una de esas marcas de tiza en el suelo de algún capítulo de Sherlook Holmes. Todo parece quieto a mi alrededor, como suspendido en un espacio sin tiempo aquí en mi salón. Parecen que se han ido... pero no, ¡maldición!

Aquí vuelven, encarnadas
en la suave caricia
que me brinda la brisa,
en mi pie descalzo,
del final de una tarde de verano.

Me incorporo despacio. Un profundo respiro-suspiro sale como resignado. Miro tranquilamente hacia izquierda y derecha como buscando algo. Me crujo el cuello levemente, primero uno y luego el otro lado. Me levanto. Ando. Sigo haciendo lo que hacía. Eso sí... ahora más descansado.